Quiero entender
¿Cómo se hace cuando se quiere ver con claridad una cosa y sólo se alcanza a advertir su espectro?
¿A quién recurrir? ¿A los libros, a la academia, a un prostíbulo, a un confesionario, tal vez al esperpéntico boliche del Chiquito Otergui?
Bueno, en eso ando.
Quiero entender qué pasa con la enseñanza.
Es decir, no con la educación, o sea la crianza, doctrina o instrucción que, con ese nombre, se da a niños y jóvenes, sino con el sistema o medio que se utiliza para ello; en otras palabras, me refiero al acto pedagógico.
Usted dirá, lector, y quizás con razón, que demasiado tenemos encima con el intríngulis que se ha creado con la reforma de la educación. Ese es el objetivo final, claro. Pero, verá, me han superado su complejidad y ese hábito característico de los uruguayos, con técnicos y políticos a la cabeza, de entreverarlo todo.
Quiero entender qué pasa con unos cuantos maestros y profesores, demasiados para mi benevolencia, y su amor descarado por el ausentismo. Quiero entender su tenacidad en no dictar clases a la búsqueda de un fin, con harta frecuencia salarial que, se nos dice, ayudaría a mejorarlas. Quiero entender su desatención del educando, a veces al borde de la irresponsabilidad, porque hay otras cuestiones frecuentes de las que ocuparse, caso de las Asambleas Técnico Docentes, irreprochables en teoría aunque, desde hace años, se parecen más a un comité de militancia que a un encuentro técnico.
El gobierno ha informado que los salarios aumentaron y que se llegó a la inversión del 4,5% del PBI. Sin embargo, no les alcanza; quieren mejores sueldos y no menos del 6% del PBI.
Entonces, cuando el presupuesto quinquenal casi ha tocado las puertas del Parlamento, y está por abrirse un debate esencial sin exclusiones, saltan cual tentempié nuevos paros, movilizaciones y pataleos que, al modo de esos trabajadores que pisaban uva en enormes tinajas, salpican de confusión al desconcertado contribuyente.
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