Disparatero
Qué paciencia habrá de tener Mujica para seguir este viento de locura que echaron a soplar los argentinos.
Si uno, de puro compasivo, no quisiera incomodarlos ofreciéndoles una beca vitalicia en el Borda, habría que concluir que éste es un intento de aterrizaje, imperfecto, grotesco, patético de la autarquía matrimonial que reina al lado, tras una serie de extraordinarias contorsiones políticas.
¡El gobierno de Cristinita demandará a los piqueteros! Será querellante. Los acusará de homicidio culposo por un ciclista muerto al chocar a un camión atravesado en la ruta por los desequilibrados; de daño económico causado al comercio; y, entre otros delitos que hallaron al ojear a mano viva códigos que arrancaron de las bibliotecas, de impedir que Argentina cumpla a cabalidad el fallo de La Haya.
¿Cuál es el plan? Supuestamente asustar a los radicales con la amenaza de plantarlos frente a un magistrado y evitar, por disolución natural del piquete de carpas con señoras gordas en sillitas playeras, la mil veces rechazada represión.
¿Acaso ellos, reyes de la astucia, el cinismo y la hipocresía, ignoran que el propio juez que decidió la rehabilitación de la ruta está en condiciones de sentenciar al mismísimo Poder Ejecutivo argentino por desacato? ¿O lo que se oye tras bambalinas una Justicia funcional a los contorsionistas es verdad?
Qué sé yo. Mujica sabrá qué movida le sirve.
El juego obliga. Más allá de este disparate jurídico trasmitido con voz que su ridículo bigote hace silbosa por Aníbal Fernández, jefe del gabinete que preside la reconstruida que vino del Sur junto al bicho narigón, quedan enormes cuestiones pendientes.
Aún no hay seguridad de un acuerdo sin crispaciones del dragado del río Uruguay, frente a Fray Bentos y en el canal de acceso a la isla Martín García, ni se han diluido por completo los obstáculos a las exportaciones uruguayas.
Lo que viene no lo sabe ni Pampanita, la adivinadora de Mal Abrigo.
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