Primer deber
Nunca he ido a Beirut, Teherán o Kabul, entre tantos otros sitios parecidos que sin embargo conozco, parcialmente, merced a la fotografía y la televisión.
En cambio, sé de memoria a Montevideo, cuyas calles y veredas estoy obligado a usar con frecuencia.
Como hay una interrogación incómoda que se repite en mis pensamientos, siento ahora qué falta me ha hecho estar en aquellas castigadas ciudades del Oriente Medio.
Sólo así podría hallar una respuesta y serenar, tal vez, mi espíritu.
¿Las calles y veredas de Montevideo están tan hundidas, rajadas y agujereadas como las de Beirut, Teherán o Kabul aunque en ellas no haya caído bomba, cohete ni granada alguna?
En fin. Como viajes previstos no tengo, aliviarían mi duda unas estadísticas que lamentablemente faltan.
Por el estado de las calles, ¿cuántos accidentes de tránsito ocurren, cuántas gomas se deforman hasta transformarse en chicle, cuántos amortiguadores piden cambio porque sus curvaturas y arrugamientos los deshilachan y cuántas carrocerías, con precocidad que impresiona, exponen expresivos y riesgosos desacomodos?
Por el estado de las veredas, ¿de cuántos tropezones, caídas, esguinces de tobillo, rodilla, muñeca o codo hablamos, de cuántas fracturas de cadera, desviaciones vertebrales y pinchaduras del nervio ciático y de cuántas sencillas y patéticas caídas de culo con ese dolor, ¡ay!, en el huesito ese, de ahí abajo?
Con profundo respeto, me tomo la licencia de sugerirle a la intendente Ana Olivera su primer deber: fotografiar la ciudad desde el aire, identificar la realidad, esa que quizás yo esté imaginando en un desvarío o por una calentura pasajera y, en caso de que quede con la boca abierta de sorpresa y preocupación, hacer lo que debe.
¿Que abundan las obras?
Precisamente. ¿Se calculó el tiempo que insumen, su reiteración y la descoordinación entre la Intendencia, los entes y las empresas contratadas?
Si alguien lo hizo, seguro ya tiene gastritis.
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