Audacia
Tengo arrebatos, no lo niego, aunque después me arrepienta.
Por ejemplo, me astilla la paciencia, por decirlo sin irme de boca, que se viva hablando de la reforma de la educación y nadie diga una palabra sobre los programas, o sea, lo que se va a enseñar, con computadoras o sin ellas.
La mayoría de los programas de Primaria y Secundaria son antiguos, aburridos e inútiles como timbre de panteón. Lo saben las autoridades, los docentes y aquellos más afectados, los estudiantes.
Si es así… ¿por qué no hay cambios? Ningún misterio. Es fácil como un crucigrama hecho por Ruedita.
Las autoridades, una vez designadas por cada nuevo gobierno, viven ocupadas en otros menesteres: conflictos sindicales que les desfilan como el 121 por Colonia y Paraguay; necesidades locativas, de infraestructura y materiales a satisfacer; y el paso del tiempo, que deviene quietismo por lo poco que van a estar, y la discontinuidad y confusión de las líneas que descienden desde la alta política sobre sus cabezas.
Además, les falta audacia.
Los docentes son potenciales dimitentes; le escapan a violar hábitos conocidos por décadas, confortables. Tienen miedo de lo nuevo, y no hablo de la tecnología sino de conductas pedagógicas. En su agenda, por otra parte, resaltan los reclamos salariales y de condiciones de trabajo.
Ah, también carecen de audacia.
De los estudiantes puede esperarse, y no es poco, esa terrible honestidad intelectual infantil o adolescente que proclama sin pudor: «Me aburro», «no entiendo un pito» o «esto no me sirve para una mierda».
Les sobra audacia, pero necesitarían una orientación. Por otra parte, nadie les da su lugar: ¡Cállese! ¿Usted qué sabe?
Audacia, he dicho. Bueno, si tanto se discursea acerca de valores, ideas y capacidad de reflexión, ¿por qué no se enseña filosofía en las escuelas? Jostein Gaardner dijo que «la filosofía nació en Grecia, pero también nace en los jardines de la infancia».
Se puede. Sería puro beneficio.
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