¿Y l’autoridá?
Eso preguntó Ruedita ayer, mientras libaba en el boliche del Chiquito Otegui, borracho pero con ornado con las flores de una extraña serenidad gestual. Confesó, al formular la interrogación, que tomaba grapa con perejil y rabanitos porque no había leche.
¿Por qué falta leche?
El concepto de autoridad, vinculado a las responsabilidades que el Estado tiene con sus ciudadanos, está resquebrajado, a punto de romperse. Aunque sea un caso aislado, su significación, y las consecuencias ya advertidas y sufridas, justifican que uno sea, si así parece, tan dramático.
Los hechos son claros como el maquillaje de una china para la ceremonia nupcial. Los trabajadores, en este caso de Conaprole, y en cierta medida la propia empresa, están dando prueba devastadora de que hoy, en tiempos de tanto clamor por justicia, la trama mejor ubica siempre a la población, cual unos extras desorientados de una obra teatral esquizofrénica, atada al centro mismo de la escena.
Una población confundida, indignada y al borde de la desesperación.
¿Qué ha hecho el gobierno, en representación del Estado? Adjetivar severamente las actitudes de los unos y de la otra.
Además piensa, lo que no está nada mal, conversa y aguarda. ¿Qué? Aparentemente un milagro caído de la benevolencia del Espíritu Santo, que haga que las partes recuperen la cordura.
Qué buen sentimiento de tolerancia. Lástima que, si se estira en el tiempo, su resultado puede ser una catástrofe.
La autoridad en manos de un gobierno, si yo recuerdo bien los dichos de un viejo y sabio filósofo, existe cuando se ejerce a derecho y por un bien social superior. Entonces es un navío majestuoso y admirable, con galas aún de su lejana botadura. Pero si decide dormir la siesta deviene un viejo bergantín amenazado por la zozobra.
Hay que tener cuidado con esto: el derecho de los trabajadores y de los patrones termina cuando comienza el derecho esencial, el de toda una comunidad.
¿Quién manda aquí?
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