DIARIO DE CAMPAÑA

LA POLITICA, HORACIO,  LEVIN Y LOS CARGOS

«La política son los cargos». Esa frase se repite hasta el hartazgo y parece aplicarse hasta la evidencia. La política es la disputa del poder, y el militante de izquierda busca que el mismo se invierta respecto a su pirámide histórica, y para usar palabras del gran líder federal, José Artigas: «Que los más infelices sean los más privilegiados». Sin embargo, por aquello de que cuando la izquierda llega al poder, también el poder llegar a la izquierda, la noción de «carrera política» se abre espacio también en nuestras filas, bien evidente es. Y así, tras ocupar un lugar en determinada coyuntura, muchos compañeros sienten su derecho a ocupar otro lugar en otra coyuntura mientras piensan en qué pueden aspirar hacia el futuro .

Estoy absolutamente seguro que este párrafo irritará a más de tres. De forma clara es políticamente incorrecto reconocer que las ambiciones personales (que no digo que sean ilegítimas, sólo reconozco su existencia) también surcan las venas de la izquierda. Pero nadie podrá decirme que no es totalmente cierto, y en todo caso, las pruebas sobran.

Cabe entonces formularse sinceramente la pregunta de si la política consiste efectivamente en los cargos. Lo cual se traduce en discutir cuál es la compleja relación entre los cargos y el poder. Es evidente que un cargo de responsabilidad política es una cierta cuota de poder. También es cierto que constituye otra cierta cuota de «no poder», y donde ese concepto acuñado por Daisy Tourné, el de la «corchocracia», parece una tentación cuasi inevitable. Esto es flotar como un corcho sobre el mar de problemas, tratando de no irritar demasiado a nadie, de no tocar la llaga que duele, de no afectar de manera urticante intereses poderosos, para llevar a «feliz término» el ejercicio del cargo. Un «feliz término» que no implica casi ninguna modificación en la ecuación de poder en la sociedad, por cierto, pero que implica para la persona la construcción de una plataforma desde la cual aspirar a objetivos mayores. Difícil tentación, si las hay.

Yo no creo que la política ni el poder sean los cargos. Más aún, a veces reside mucho más poder en el ejercicio de otras formas de militancia política o social, ajena a los cargos. Porque hoy nuestra sociedad está en ebullición y en red. Como cuando la tragedia del 11 M: a través de cadenas de SMS y correos electrónicos, los ciudadanos españoles se hicieron saber unos a otros que el gobierno Aznar no estaba difundiendo información fidedigna. Y cambiaron el curso de la elección venidera, en apenas 48 horas. Y por aquí, en nuestro Uruguay, los líderes políticos de mayor carisma e inteligencia han sabido reformular su ruta, cuando a través de múltiples vías de comunicación grandes masas de ciudadanos les hacían sentir que de seguir adelante se enajenaban de sus bases. Si hay individuos o colectivos capaces de convocar y movilizar a la ciudadanía desde su computadora, presencia o palabra, ciertamente constituyen un poder político. Quizás sin mayor figuración social, pero tan decisivos como el de buena parte de la superestructura formal.

Déjenme ponerle piel a estos comentarios con dos casos concretos. Hace poco dialogaba con mi amigo Horacio, estudiante avanzado de Sociología. Hijo de un «proleta», que dedicó su vida a los chacinados y con quien hoy comparte gozosamente el análisis de la realidad, la discusión de sus cruces de caminos. Horacio me planteó, con gran claridad, algunas de las claves del accionar político y social venidero. No reside éste en la voz gobernante ni en el consagrado analista, sino en la capacidad que tengamos todos y cada uno, o los más posibles, de captar la dimensión social y política de nuestro accionar. Todos podemos y debemos guardar conciencia de cuál es el sentido de nuestro trabajo, no como mera forma de ganarnos el sustento (que bien legítimo es), sino en un nivel superior, comprendiendo su sentido social o su potencial político. Casi ninguno de nosotros será jamás un personaje de la talla que hoy tiene aquel obrero metalúrgico con un dedo amputado y una vida muy sufrida que fue Lula. Pero todos sincronizados en la visión del rol social y político que nos compete en las calles, en nuestro trabajo, en nuestro gremio, en nuestras opiniones en Internet, bien podemos incidir en el curso de la historia. Horacio tiene razón. Es en todas y cada una de las miradas donde debe residir la dimensión social y política. No importa si se expresa en términos alambicados o, (mejor aún) en expresiones sencillas y bien claritas. Lo que importa es si se comunica, colabora a construir poder democrático y distribuir poder.

Hace unos 11 años resido en mi actual barrio. Al llegar al mismo, la primera persona en asomarse fue Levin, uno de los primeros habitantes de la zona. Siempre a la orden, siempre solidario, ayudando a sentirse en su casa en el barrio. Editor de un boletín, impulsor de una granja orgánica en tiempos de crisis, partícipe de mil emprendimientos comunales. Paciente y constante promotor de su forma de vivir, que no es de bronce ni yeso, sino bien humana, pero donde compartir es una consigna vital. Camarada de todas las horas, siempre pronto a socializar su información y visión de la realidad, pero en sana convivencia con sus vecinos, incluyendo varios anarcos muy queridos, en esa coexistencia que en pocos lados como Uruguay ha logrado ser tan fecunda. ¿Quién hace más y mejor política?: ¿Levin o quién ocupa un cargo que ejerce de manera insípida, incolora e inodora? La respuesta es evidente.

En la pasada administración hubo compañeros que hicieron de su cargo un verdadero escalón superior de su trayectoria militante. En esta que acaba de empezar habrá muchos otros. No los honra tanto la distinción de habérsele conferido una responsabilidad gubernamental sino, sobre todo, haber mantenido allí su compromiso, coherencia y consistencia. Y también hay ejemplos en sentido contrario, frente a quienes se agigantan las figuras de los Levin, de los Horacios, de los tantos y tantos militantes que, desde la perseverancia y fidelidad, construyen día a día y en el entorno en que les toca actuar, indicios evidentes de que una nueva sociedad es posible.

La política, al menos en su versión revolucionaria, no son los cargos, instrumentos al fin. La política es vida, prédica cotidiana, convicción expresada mano a mano, coherencia permanente y absoluta en lo que se cree y se dice, lo reconozca quien lo reconozca, lo agradezca quien lo agradezca, cueste lo que cueste,

Por lo que pueda valer, vaya mi sincero agradecimiento hacia éstos verdaderos gestores del cambio social, que no cifran expectativas individuales en la política, sino que practican la misma para el mayor bienestar de los más olvidados. Allí reside la más pura forma de la política y ,sin duda alguna, el corazón y la esencia misma de la izquierda.

|*| Analista y matemático.

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