Lo que venga
Ya he pataleado acerca de esto. Pero los hechos, perros, se empecinan en darme paño para seguir con el berrinche. ¿Habré de ir a una huelga de hambre?
La llamada Ley de Alcaldías, que dio sus primeros frutos en las recientes elecciones, fue un apuro inexplicable. Consumada, ciertos optimistas argumentaron que si hubiese consecuencias indeseadas se superarían con más información a los ciudadanos, trabajo y tiempo.
Pero la vida es imperfecta. Y si uno ha empujado en vez de llevar, que es igual a decir que ha embestido y no razonado, brotan complicaciones imprevistas.
Se pudren el puchero y la sopa. El mal olor se desparrama.
Claro, algunas circunstancias, si uno quiere, se pueden diluir con humor. Duelen un poco menos tapadas por una carcajada. Queda la impresión de que son hechos que se salvan en un periquete. Por ejemplo, dándoles el porte de la semejanza con este chiste viejo pero bueno.
Una pareja está haciendo el amor debajo de un árbol. Ella, de pronto, ve a un niño entre las ramas.
Grita: -¡Eusebio, un niño!
Y el tipo, sin pensar por un instante en interrumpir su placentera acción, dice: ¡Da igual, María! ¡Lo que venga!
A eso voy: ¿se les conocía bien a todos o era cuestión de que asumiera el más votado y punto. ¿Daba lo mismo?
Porque ahora resulta que se multiplican, como para inquietar aquellos ánimos lame medias, los alcaldes electos sobre quienes pesan antecedentes penales. De inmediato, claro, los partidos a los que pertenecen reclaman su renuncia por razones éticas. ¿Y las morales?
En realidad, el asunto es otro. Ahora la confusión del buen vecino, militante o no, es del porte de una catedral. No parece el mejor modo de ampliar un proceso descentralizador que ya viene cascoteado por la implosión de la mayoría de los centros comunales zonales.
¿Se advierte la gravedad de la cuestión?
Lo ignoro. Ni siquiera sé qué alcalde me tocó en suerte. Que arreglen este baturrillo quienes lo armaron a los ponchazos.
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