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POSTERGACIONES BICENTENARIAS

Que siete jefes de Estado latinoamericanos asistan a una conmemoración fronteras afuera, podría parecer un ejemplo más del despilfarro y boato que caracterizan a las relaciones diplomáticas en el mundo entero, sin excepciones.

A pesar de ser un problema menor y periférico en lo que a erogaciones porcentuales de los erarios públicos respecta, nunca dejó de llamarme la atención el consenso internacional en torno a la suntuosidad y esplendor que se prodigan socializándolo con sus pares, y al espíritu festivo que anima a los diplomáticos y altos jerarcas del mundo entero. Tal unanimidad, aún en plena guerra fría, me lleva a la inmediata conclusión de que no es un problema «de clase» sino específicamente burocrático y que por lo tanto atraviesa a las diferentes clases sociales y a sus representaciones políticas; precisamente el de la autonomía de las burocracias respecto a sus fuentes sociales e institucionales y a la aquiescencia de la sociedad civil con la que se las convalida silente y resignadamente.

La propaganda hegemónica capitalista ha pretendido transferir el grave problema de la burocratización del poder (tanto el «micro» detrás de un mostrador y un sello, como el que se ejerce en las máximas instancias institucionales) a los modelos estalinistas en primer término, para pasar luego a inculpar sus malandanzas directamente al socialismo, como si el estalinismo fuera específicamente socialista y unívoco, desentendiéndose en consecuencia de su propia burocratización y corrupción. Semejante éxito ideológico hubiera sido imposible, por más capacidad de manipulación comunicativa que se le atribuya, sin complicidad (aún involuntaria) estalinista y defección de la socialdemocracia europea, máximos exponentes de la burocratización y estancamiento de la transformación social. No obstante, el capitalismo ha heredado y hecho propia a la burocracia, cuyas capas más elevadas a su vez adoptaron el mejor estilo del esplendor aristócrata feudal, emulando en mohines y pompas a la antigua aristocracia y la actual burguesía, particularmente la rentista. Y si resulta más explicable ideológicamente la justificación de la disipación burguesa por la naturalización de «el que tiene guita hace lo que quiere», habrá que dar un paso explicativo más para que, proporcionalmente, el burócrata también «haga lo que quiera» aunque lo único que tenga es un cargo público, sin mango alguno si continuamos el giro lunfardo.

Intento señalar que la principal fuente de burocratización y corrupción es el capital, aunque no es despreciable la contribución que han dado izquierdas renuentes al tratamiento crítico del problema. Hace ya un par de décadas, por ejemplo, tuve la experiencia de ser recibido en agasajos, con las suntuosidades consecuentes, por la diplomacia cubana que supuso que tales galas me agradarían y profundizarían el lazo. Cuando a la vuelta expuse mi desagrado y caracterización del gesto en cuatro largas dobles centrales de este diario, el encono diplomático no se hizo esperar. Fui llevado en Mercedes Benz a una residencia en calles laberínticas del barrio de Carrasco, donde a la vera de una piscina climatizada y copa en mano, fue desechada mi concepción de la democracia por burguesa contraponiéndola a la democracia obrera esgrimida por mi objetor: para el embajador, la burocracia, en el mejor de los casos, era producto de la imaginación conspirativa y un artilugio burgués.

No es casual frente a esta concepción del problema y a la experiencia sucintamente relatada, que valore particularmente cierta gestualidad austera y cuidadosa de la izquierda uruguaya, ni será la primera vez que lo destaque. Actitudes personales de desprendimiento y modestia, como las que han sostenido públicamente el Presidente electo o el intendente de Maldonado, entre tantas otras, o la polémica suscitada en la izquierda en torno al «topeo» de los salarios de los jerarcas y legisladores, contribuyen decisivamente a alertar sobre un problema peligrosamente velado, aunque obviamente no sea resoluble con talantes individuales. Es un problema grave y estructural que sólo se pueden plantear e intentar mitigar las izquierdas, ya que para las derechas no hay tal problema: es parte de sus costos operativos sin más consecuencia. Entiendo a la vez que la reforma del Estado, tal como está siendo alentada por Mujica, tiene el propósito de plantear el problema en (y hacia) la capa más baja, aunque más masiva, extendida y enquistada del fenómeno. No es poco, como tampoco lo será seguramente la reflexión que el Frente Amplio deberá darse a propósito de la reciente declinación electoral ya que también roza el fenómeno de la burocratización en muchas de sus dimensiones problemáticas, aunque en las alturas de las direcciones y en su relación con sus bases.

Sin embargo, independientemente de mis posibles reservas ante las movilizaciones y gestualidades diplomáticas con propósitos festivos (a diferencia de otras, no menos ostentosas aunque con fines esencialmente laborales), considero que los presidentes progresistas asistentes hicieron bien en acudir a los festejos por el bicentenario de la revolución de mayo argentina, si es que a eso entienden que asistieron y lo transmiten consecuentemente en sus respectivos países. Es válido como gesto diplomático (hasta donde estas concurrencias pueden serlo) de reivindicación revolucionaria e intención integradora. Porque efectivamente la fecha alude al inicio de un proceso revolucionario (no a la independencia formal argentina que se logra posteriormente) aún hoy inconcluso, eslabón de una larga cadena de rebeliones de los pueblos colonizados de la América hispana. Enumerarlas excedería este espacio pero una certera caracterización puede hallarse en dos notas editoriales del profesor Louis de esta semana que, parafraseando a Martí, subraya que «sólo se obtienen nacionalidades fragmentadas que girarán en otra órbita imperial», por oposición al proyecto bolivariano de conservación de la unidad política del sistema virreinal bajo la estructura de algún tipo de confederación en una «patria grande».

Esta descomposición fragmentaria hace que las tareas que deben enfrentar las izquierdas y progresismos en cada «patria chica» sean sumamente arduas, desiguales y combinadas, aletargando las específicamente integradoras, tan necesarias y acuciantes como las «nacionales» concretas. Sin embargo, el hecho de que América del Sur vaya virando de manera aún compleja y desigual en dirección opuesta a la reacción y barbarie dominante en el resto del mundo, es la primera ocasión realista en estos dos siglos de replantear el balance de los procesos revolucionarios de 1810 y el proyecto inconcluso de articulación políticamente unitaria de América del Sur. No debería admitirse que Uruguay juegue un rol de mero furgón de cola en esta posible instancia por razones de ausencia de volumen económico, territorial, poblacional o de peso diplomático. Al interior de las izquierdas y en la elaboración de estrategias, debe pesar la experiencia de convergencia plural y de adecuación de intereses. En este sentido, la dilatada experiencia de casi cuatro décadas de construcción del FA es una de las más ricas y complejas de la historia reciente. Pero tengo la impresión de que en materia de política exterior latinoamericana la práctica es más festiva que laboriosa, más lenta que sus potencialidades en un contexto internacional irrepetible, aunque tal vez se deba a la prisa de las exigencias internas. Sin embargo éstas serán siempre más arduas cuanto más aislado sea el contexto internacional desde el que se enfrenten.

Veamos por caso las que se confrontan en el proceso electoral colombiano de hoy. Si tanta sangre costó a nuestras sociedades del sur la conquista de los más elementales derechos humanos (y aún hoy no están plenamente garantizados por la vigencia de la impunidad aquí), cuánto más se exacerba esta tarea en Colombia y cuánto se juega en esta elección para cuestionar, aunque sea un ápice, el enc
lave de entrega, criminalidad y corrupción que supone aquel país caribeño y la consecuente amenaza para el conjunto.

Todo parece indicar que el proceso electoral se dirimirá en un próximo balotaje entre el oficialista Juan Manuel Santos (impedida la maniobra re-reeleccionista de Uribe por la Corte Suprema de Justicia) y el opositor Antanas Mockus, ya que ninguno superaría el 30% de votos. Aunque el excéntrico Mockus hace poco por diferenciarse de su principal oponente en puntos esenciales de la política uribista, debe su crecimiento a la reivindicación de la sacralidad del derecho a la vida, que es un modo algo devoto de comenzar a plantear la cuestión democrática y la vigencia de los derechos humanos, que de lograrse en Colombia adoptaría un carácter revolucionario. Sin muchas bases sociales organizadas, el partido verde que lidera parece ser un nuevo fenómeno mediático, aunque su posición relativa debe ponderarse respecto a la significación monstruosa de la candidatura con la que confronta. En nada parecen ayudarlo a definirse con más precisión las anacrónicas y demenciales prácticas de las FARC.

No es un dato menor que Santos sea ministro de Defensa y consecuente responsable del verdadero genocidio en curso. Fue quien desarrolló la innovadora idea criminal de incorporar los premios a destajo habituales en la industria capitalista a la operatoria del ejército para con la guerrilla, logrando sin embargo, la masacre de inocentes. A fin de obtener ascensos, permisos especiales o inclusive premios dinerarios (como a «la productividad») militares atraen a trabajadores de escasa calificación del campo y las ciudades con la promesa de mejor empleo, los visten con ropas guerrilleras y los fusilan para presentarlos como «narcoterroristas» abatidos en combate, a los que hoy se llama «falsos positivos». Philip Alston, relator especial de la ONU, publicó un informe que sostiene que existe «un patrón de ejecuciones extrajudiciales que se fue repitiendo a lo largo del país y que la impunidad abarca el 98,5 por ciento de los casos».

Tal vez hoy haya un pequeño nuevo motivo para un módico festejo, aunque sin merecer los caireles de las galas y las burbujas del vernissage.

|*| Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano. ex decano. [email protected]

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