Surrealista
Cómo cansan esos conflictos reiterados que los involucrados dicen no desear pero que hacen estallar en etapas, igual a una vuelta ciclista, frente a la estupefacción de los ciudadanos.
Ahora, aunque parezca sorprendente, la Sociedad de Anestésico Quirúrgicos reclama haberes impagos otra vez y dice, sin el pudor de dormirnos con una mascarilla, que «esto puede ser el fin de los servicios en ASSE».
Obviamente, sobreviene la exquisitez de convocar a milagrosos ámbitos de negociación, que datan de cinco años, y una declaración de buena voluntad, especie de benevolencia en medio del lío, caricaturizada desde que Colón desembarcó en América.
Es una muestra indiscutible de que el surrealismo, entre nosotros, vive y lucha después de huir de su féretro.
¿Cómo podrían entenderse dos partes, pese a acuerdos previos suscritos al cubo, si se paran enfrentadas, miran hacia arriba como si esperaran que las defecase una paloma atrevida, y hablan no entre sí, sino al aire o al más allá al mejor estilo de Bejamín Peret:
Yo creo que los elefantes son contagiosos.
A mí me parece que hay que pegarle a la madre mientras es joven.
El surrealismo, ese «automatismo puramente psíquico, dictado por el espíritu sin control alguno de la razón ni valoraciones estéticas o morales», estuvo de moda, conmovió al mundo y después agonizó y murió, con más pena que gloria, llevándose el colorinche esquizofrénico que levantaron Breton, Artaud, Elouard y otros.
Mientras los profesionales médicos y las autoridades de ASSE persistan en ese diálogo surrealista, estamos fritos:
La garra del león aprieta el corazón de la viña.
Ah, no, entonces aplastemos dos adoquines con la misma mosca.
Más pena valdría ir a la imbecilidad costumbrista para que el ciudadano comprenda por qué, a veces, siente deseos homicidas:
No se asentó el tiempo ¿eh?
Si no cambia el viento… Pero yo, a mí, mire, no habiendo humedad…
Claro, la humedad es lo que tiene…
Por eso le digo.
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