Hombre táctico
El presidente Mujica es, políticamente, lo que en términos futbolísticos se llama un hombre táctico.
Si uno quisiera, a fines de la comparación, buscar otro ejemplo menos simple y vulgar, sería una suerte de Dominguín o El Cordobés, aquellos toreros que, al decir de Juan Marsé, «donde tenían más cicatrices era en la mirada». Se asemeja a personalidades así, con valor, la luz de una espontaneidad a veces desbocada y la sabiduría de la sinuosidad que se necesitan para dominar a la feroz bestia de la filosa cornadura.
José Mujica asistió a la gala del Teatro Colón de Buenos Aires con motivo del festejo del bicentenario argentino. No sólo fue recibido calurosamente, sino que generó un hecho político. A la misma gala Cristinita le dio vuelta la cara; su rencor hacia el gobernador Macri la precipitó al ámbito imbécil de una disputa callejera.
Mujica no ignoraba ese sainete de conventillo, de igual modo que tenía decidido reunirse con la encocorada presidenta a fin de considerar complejas cuestiones bilaterales.
Quien quiera lo puede leer a su paladar. A mi juicio fue una señal sutil para dejar en claro las reglas: está todo macanudo con los Kirchner, o lo parece, pero nadie le marcará el paso, le dirá dónde le conviene ir, ni le pescará de la nariz para ganarle cualquier pulseada.
Lo ocurrido ha dejado en mí una huella de satisfacción. Más de un tropero prepotente sabrá ahora, y se cuidará, que la personalidad a la que quiere medir es como se ve, orejana.
Las rígidas reglas diplomáticas se flexibilizan cuando este hombre que nos gobierna lo considera necesario. ¿Pobre canciller Almagro? Y, sí. Pero ciertos desquiciamientos de lo supuestamente establecido no vienen mal, si se tiene cintura ágil para reacomodar el cuerpo cuando convenga y seguir así, dejando pasar al toro por debajo de la capa hasta desorientarlo. Frenará solo la furia de sus embestidas.
Es la astuta estrategia del más chico, no del más débil.
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