Paradoja
Es conocida la paradoja por antonomasia. Está en el cuento «El mentiroso», de un autor escaso en las librerías: Eubúlides Milesio.
Este hombre, ya sin interés en derechos de autor, la explica así: según Epiménides, todos los cretenses mienten; Epiménides es cretense; por lo tanto, Epiménides dice la verdad.
Pues bien, la justicia laboral está metida de cabeza, y hasta más allá de los hombros, ahí cerca de las áreas pudendas, en una gigantesca paradoja.
El Parlamento, a la búsqueda de contemplar a los más débiles, sancionó la Ley de Abreviación de los Juicios Laborales. Sin embargo, están más trancados que antes debido a una avalancha de recursos de inconstitucionalidad presentados ante la Suprema Corte de Justicia por abogados de las empresas, en una ingeniosa apelación doméstica a la estrategia de hacer tiempo. Impiden siquiera que progrese a veces ni se inicia la instancia primaria de la conciliación.
Para que esta paradoja absurda pueda desenredarse y al fin desaparecer, la Corte debiera resolver con prontitud estos recursos. Pero no es sencillo. Han de ser analizados uno por uno y son centenares.
Me niego a aceptar que tanta gente que hace justos planteos, generalmente por despidos abusivos o por la imposibilidad de cobrar lo que se le debe, quede de rehén de un sistema que no sé si es perverso o estúpido, pero existe. Vive y lucha como tantas groserísimas miopías legales, políticas o administrativas.
Admitir que todo siga por el camino que va, crepuscular, sombrío, es resignar una parte grande de la responsabilidad social.
Si uno mira al Parlamento por estos días, la esperanza de tomar este toro por los cuernos se desvanece. Más bien se derrite y se la siente correr entre las piernas y hacer un charco en el suelo. Hay más espíritu de vacaciones que otra cosa.
Queda la esperanza de que la Corte encuentre, anadeando en los vericuetos que nuestra jurisprudencia ha construido, la llave maestra del sentido común.
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