LA COLUMNA AMARILLA

Así, no

Unos pocos desarreglados mentales arruinaron una fiesta deportiva a la que asistieron cincuenta mil personas.

Ocurrió el miércoles pasado en el estadio Centenario y, al momento de escribir esta columna, ignoro si algo similar, o peor, sacudió ayer, cuando se jugó otro clásico del fútbol uruguayo, el alma social.

Acabaron las explicaciones. No me unten con esa mentira obscena de que se necesita tiempo para resolver la cosa.

La cuestión no es que haya violencia, porque hoy se expresa, de mil maneras, en todo el mundo. Es inherente a la condición humana. No importa que estos imbéciles sean una minoría; tienen la capacidad de lanzar al abismo a una multitud.

¿Los responsables?

Muchos dirigentes, raza extraña, sinuosa, cínica, que ha hecho del doble discurso un ejercicio digno del despreciable tamaño intelectual de un Goebbels; asisten a las convocatorias de las autoridades cual unas monjitas dominicas y luego, en la intimidad de su feudo, siguen tirándole maníes al gorila.

Muchos periodistas, cuyas rasgaduras de ropajes y vociferaciones admonitorias, lejos de atemperar ánimos los excitan por el hábito de la adjetivación exaltada; es como si uno lanza toallas, sin cerrar la canilla, a quien está debajo de la ducha: la humedad no sólo perdura, crece.

Muchos jueces, Pilatos a la sombra de una legislación infantil, pobre, a la que podrían interpretar de forma tal que sus sentencias no fuesen el empalagoso confite caído de una piñata a la que pegan con ojos vendados.

El Parlamento, que no legisla, redacta textos pluscuamperfectos por lo inacabados, y el Ministerio del Interior, que arma ensaladas de uniformados, vallas y controles al santísimo cohete y no aplica lo que más predica: prevenir a través de los servicios de inteligencia.

Así, no. O se toma en serio o habrá que partir las tribunas en tantos trozos ­separados por alambres de púas y canales con agua podrida y cocodrilos­ según el eventual desquicio calculado cada vez.

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