NUESTROS PROBLEMAS
Cuando salimos de la cárcel, proliferaba en la izquierda una idea denominada «participación popular» que llevaba implícitas varias consecuencias. Entre ellas la de luchar por una democracia participativa.
Venía bien envasada por teóricos políglotas variopintos y, era evidente que permitía darle trabajo a una floreciente gama de «especialistas».
Sucede muchas veces lo de las empresas fúnebres: no le desean mal a nadie pero tampoco que les falte trabajo.
Dejando aparte la certeza y bondades de dicha teoría tan pocas veces aplicada a pesar de los intentos, señalemos las realidades que a modo de desviaciones diera lugar con el correr de los años.
La participación popular así entendida y reelaborada venía a tratar que por todos los medios posibles e imaginables la gente concurriera a diversas reuniones «participativas». Especialmente a las nuestras…
Tal como si los aficionados al ajedrez creyeran por un lado que su juego es apasionante para todo el mundo y que en caso contrario alcanza con atraer nuevos jugadores para contagiarles el gusto.
Eso es muy humano: miramos el mundo por el ojo de nuestra cerradura.
Habemos algunos para los que juntar hongos en otoño (pasando mucho frío) es la actividad humana más entretenida.
Hay una minoría de excelentes compañer@s que creen sin duda alguna, como en la virginidad de María otros, que ir a esas reuniones es divino y produce resultados maravillosos.
Debemos reconocer que también hay viej@s militantes ya de la tercera edad, y otr@s con problemas familiares, para l@s que quedarse sin reunión es una calamidad.
Es obvio que para los grupos más organizados y además con las ideologías más recias, es un banquete poder recibir a cantidad de gente para explicarle pacientemente nuestras insuperables ideas.
La democracia más perfecta consistiría según ese peculiar pensamiento en el hecho de que la población de un país pase casi toda su vida en cuarto intermedio o discutiendo en asambleas.
No alcanza a comprender que a muchísima gente no le agrada en lo más mínimo participar de ese modo ni aún cuando le interese, y mucho, la política o, si se quiere, la cosa pública. Prefiere, por lejos, la democracia representativa. Creer que por eso es mala, ignorante, o no formada, es en muchos casos una fe suicida y en otros una convención para entre cuatro paredes. Produce sorpresas, fracasos, y decepciones.
Hay dos clases de personas que escapan a tales propósitos: las de una inmensa minoría que hace política yendo a la cocina sin darle la más mínima participación a nadie (y menos a los que predican la participación) y los de la inmensa mayoría que sencillamente es normal.
Porque la práctica muy concreta de la participación popular masiva se produce en momentos de grandes cambios o conmociones en la sociedad. Y en esos casos la participación es tanta que barre con todo (incluso con las formas de antes), surgiendo nuevas formas organizativas y de movilización, nuevas teorías, y nuevos liderazgos hasta entonces desconocidos.
Quienes hemos participado a lo largo de décadas en interminables reuniones inútiles, admiramos a esos viejos compañeros que han bancado las peores: los imaginamos con el pecho constelado de medallas, como Kosyguin, entrando al Palacio Peñarol en el Plenario de un consabido Congreso bajo el cerrado aplauso del público. L@s más jóvenes preguntarán por qué lleva tanta medalla y l@s veteran@s explicaremos su heroica presencia indomable en organismos altamente insalubres. Que es por ello que lo traen en silla de ruedas y con el suero enchufado. «Resiste hasta el final» será el comentario de uno.
¡Ni el Che soportó eso! Dirá otro.
Hay ciertas organizaciones de muy poca gente que luego de intensas discusiones internas (participativas) envían a sus «cuadros» a emboscarse en algún Comité o algo así a la espera de algún ciudadano distraído. Como quien caza capinchos. Cuando por casualidad lo ven llegar le ponen un suncho y lo prensan en la morsa para participarlo debidamente. El pobre, que vino a preguntar por cierta calle, saldrá de allí, cuando lo larguen, como alma que lleva el diablo y para nunca más volver.
La mentada «teoría» supone, además, un pueblo químicamente puro.
Abstracto como la «x» de una ecuación. En un país como Uruguay donde las dos pasiones populares son el fútbol y la política (en ese orden) es rarísimo encontrar a alguien que no tenga opinión política formada, no haya militado ni milite activamente en una de las miles de agrupaciones políticas o sociales organizadas. Además Internet ha multiplicado esa capacidad a la velocidad de la luz y en volúmenes inconmensurables.
Por si ello fuera poco, una de las tácticas de dichos militantes es ir a cualquier reunión que se descuide a disfrazarse de «pueblo despolitizado», a lo sumo, de indefenso militante de base inerte como el argón.
Así cuando usted llega debe estar prevenido y cuidarse muy especialmente de aquél que le formula preguntas «porque no entiende».
¡Es Sócrates! Y lo va a triturar con interrogantes aparentemente ingenuas hasta que cuando lo tenga definitivamente en el suelo le propine una parrafada final ante el auditorio alucinado por ese Demóstenes..
Obviamente, tales expertos buscan reuniones como abejas a la miel.
Tienen olfato de sabueso: pueden detectar una, a cuarenta cuadras.
Buscar inútilmente pero tozuda y tenazmente que la gente participe para participarla implacablemente.
La cosa es además de una pérdida de tiempo, un desvío hacia la nada.
* Escritor, senador de la República.
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