Dos platos
Nene, ¿comiste el puré?
¡No quiero!
Vení, atorrante. ¡Te voy a meter dos platos con un embudo!
Hace unos años, Jorge Batlle, en un hecho guardado entre lo más descacharrante de su presidencia, dio por hecho, en tono de aristócrata ajado, que en las entonces inminentes elecciones argentinas ganaría Carlos Menem.
La realidad le dio flor de topetazo, luego que digiriera la destemplada reacción de los opositores del riojano de patillas hirsutas y amores de viejo.
Sorpresivamente, José Mujica, tan distinto a Batlle como un dorado a una tararira, pecó igual: declamó su seguridad de que el próximo gobierno argentino será justicialista. Fue en medio de declaraciones, un tanto confusas, acerca de negociaciones cuya abundancia se parece a los casilleros del sótano de un bar gallego.
Queda la duda, ya que hizo algún retoque a lo dicho inicialmente. ¿Expuso una certeza, fue una picardía, una movida astuta o lo volvió a traicionar el aluvión verbal que dio origen a la ya famosa frase «así como te digo una cosa te digo la otra»?
A ver, lector: si uno hurga en la política del vecino país brota un aspecto interesante, tal vez esclarecedor. ¿De qué justicialismo habla Mujica? Se ha pensado, naturalmente, en Kirchner. Pero ocurre que en Argentina esa grifa la llevan también De Narváez, Solá y hasta el repetidor Duhalde, con el agregado de «disidentes».
Nunca como hoy ese movimiento se pareció a una colcha de retazos a la cual todo puede coserse y que se rompe una vez asumido el poder.
¿Puede el presidente resguardarse tras una sutileza? Ojalá. Habría menos posibilidades de haber metido la pata.
Porque no es imposible que los disidentes, envueltos como Fosforito en retratos de Perón y Evita, se unan a otros opositores del matrimonio autárquico, le metan los votos en la garganta y le traben los maxilares para que se ahogue.
El riesgo es, de todos modos, que aparezcan facturas como las que le cayeron al jefe de la estación Carnelli.
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