¿Ingenuidad?
La extensión oceánica, de mi ignorancia, incluye los vericuetos que caracterizan a la actividad y a las estrategias diplomáticas.
Es necesaria esta confesión, que, entre otras cosas, explica el título: es una interrogación y no una certeza. Lamento no dominar la manera más sutil y graciosa de admitir que no sabe del Facha Ruiz, mi amigo.
¿Cuánto es dos más dos?
Lo que vos quieras.
El canciller Almagro, hombre de sonrisa escasa, cierta tensa calma, con un rostro que puede inducir a la confusión entre indulgencia y severidad contenida, de mirada justa para escrutar poco y advertir mucho, argumentó a favor de la decisión uruguaya sobre la candidatura de Kirchner a la Secretaría General de la inexistente Unasur. Dijo, con tono canónico, que respondió a «nuevas circunstancias y nuevas actitudes».
Además recordó, puntilloso, tal vez sintiendo que viajaba a la esperanza, no al optimismo, que en la primera página de los libros de derecho internacional público está el principio de la buena fe que rige las relaciones entre los Estados: «Tanto ellos como nosotros apelamos a esa buena fe para seguir construyendo propuestas».
Ellos y nosotros son, hoy, Mujica y la monarquía matrimonial que desde hace años ha convertido a Argentina en un feudo.
Ciertamente, descuento la buena fe del gobierno uruguayo.
Ahora bien, si simplemente nos guiamos por antecedentes objetivos, hechos ocurridos que no pueden ser contradichos, la buena fe del flamante funcionario jerárquico de la Unasur, si la tiene, quedó bajo las frazadas reservadas para el invierno. En cuanto a su esposa, la diferencia es sólo de género, cirugía y maquillaje y una sonrisa seductora e inquietante.
¿Estaremos cayendo en una gran ingenuidad?
Quiero creer que no. Es más: ruego por las noches para que Mujica tenga muy claro cómo moverse en una partida de ajedrez que, aunque difícil, compleja y llena de trampas, hay que jugarla.
Eso sí: comenzó y ya nos comieron una pieza.
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