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CUMBRES BORRASCOSAS

Que la designación de Néstor Kirchner como secretario general de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) genere revuelo mediático y recelos en el vasto arco opositor que azuza localmente al electo, resulta explicable por muchas más razones internas que los anticipados preparativos electorales para el 2011.

Que reverbere en Uruguay al punto de obligar al Presidente electo a aludir a los costos de la decisión en la propia cumbre y a dar una posterior explicación pública, induce a considerarlo como síntoma de una incomodidad que excede el previsible hecho puntual y su acotado impacto. Tal vez sea del orden de cierto chauvinismo contrafóbico al lamentablemente inficionado en la mayoría de los habitantes de Gualeguaychú. La explicación de Mujica en su programa radial es inexplicable ya que no había otra opción posible a adoptar, al menos sin suicidarse políticamente obturando además cierta institucionalización, aún larval, de la América del Sur.

En ambos casos, la hojarasca mediática sólo eclipsa el debate de fondo del bloque político, el verdadero punto de confrontación que siempre tiene al imperio como centro, aún en ausencia. De allí la ínfima relevancia de la designación en esta etapa de la correlación de fuerzas en su interior. Si para algo puede servir la articulación de las naciones del sur es para identificar las amenazas a la región, los posibles aliados y los mecanismos comunes de defensa ante ellas. No debería olvidarse que la significación y pertinencia de la Unasur resurgió de su relativo letargo en la reunión de Chile ante la amenaza golpista en Bolivia y que, si bien el pronunciamiento resultó promisorio, no estuvo exento de duro debate y querellas oportunas. Menos esperable resulta entonces la ausencia de disputa ahora ante el ya consumado antecedente golpista de Honduras, geográficamente por fuera del propio bloque. Mientras la mayoría de los cancilleres se mantuvieron intransigentes en la denuncia del gobierno de Porfirio Lobo, surgido de elecciones fraudulentas convocadas por el golpista Roberto Micheletti, nuevamente Colombia y Perú, en sintonía con la secretaría de estado norteamericana, bregaron por la legitimidad del engendro que continúa con matanzas (de periodistas y líderes populares), persecuciones y forzosos exilios. A lo sumo Chile adoptó una postura más equidistante al respecto aunque en ningún caso alineada con los dos enclaves actuales de la reacción en el subcontinente. Sin embargo, nadie cuestionó a Kirchner.

Contrariamente al ninguneo con el que juega la diplomacia peruana y colombiana, si algo exige la actual etapa de constitución de la Unasur desde una óptica progresista es adoptar claras posturas ante hechos políticos, militares o económicos de significación, aún fuera de sus fronteras, a fin de sentar antecedentes hacia posiciones de principios, mutua solidaridad y autodefensa. Aunque más no sea para diferenciarse de las insípidas intervenciones de Insulza, el secretario general de la OEA, y para jugar un rol de contrapeso bloqueando las iniciativas que requieran mayorías especiales como el reingreso de Honduras a la organización panamericana.

Pero si se eligiera personalizar la amenaza, sólo a título de irónica ejemplificación, es evidente que no es Kirchner sino Uribe el principal escollo para hacer de la Unasur un bloque efectivo, o si se quiere pensarlo desde su exterioridad, la Sra. de Clinton y por su intermedio el presidente Obama, a cuyas órdenes se encuentra el colombiano. Y ni ahora ni antes la propuesta fue Uribe sino Kirchner. El propio instituto del veto ya tiene un peso insoportable por su naturaleza intrínseca monárquica, personalista y autoritaria. Pero ejercerlo además sobre alguien que hasta Uribe no cuestiona (tal vez por lo irrelevante en esta etapa) resultaría insostenible.

La anomia embrionaria en la que se encuentra actualmente esta institución aún no institucionalizada hace que se naturalice la elección de un ex presidente y se ciña el cargo a tal perfil de explicable escasez de nombres. En Buenos Aires, no se eligió un jurado de concurso para evaluar méritos académicos, intelectuales o antecedentes y experiencias diplomáticas. Ni siquiera se insinuó la posible figura de algún ex canciller o diplomático de carrera, casi siempre mejor preparado para una función de este tipo. Y hoy hay sólo tres ex presidentes progresistas en toda la región (Bachelet y Vázquez, además de Kirchner) aunque en momentos del veto uruguayo ejercido por Vázquez, Kirchner era el único que cumplía con ese doble requisito, al menos si aludimos a un progresismo de trazos muy gruesos.

Porque el así llamado kirchnerismo es una identidad política compleja que tiene tanto elementos de ruptura con la experiencia neoliberal menemista y con la posterior duhaldista, como inversamente, claros puntos de continuidad. Como sostiene el periodista argentino Presman: «Por sus rupturas padece la furia de sectores del establishment y de la mayoría de las clases medias y por sus continuidades recibe la crítica despiadada del progresismo tipo Pino Solanas y de las sectas de izquierda, que lo consideran su enemigo principal». Si algo puede esperarse del Frente Amplio uruguayo es que pueda compartir y alentar su (aún débil) costado rupturista. Una de las medidas importantes del kirchnerismo fue el desarme de la primera línea policial y de gendarmería y la casi nula intervención represiva, por iniciativa propia (no judicial), ante la protesta social. Es inconcebible desde la izquierda reclamarle una intervención represiva sobre un piquete o sobre cualquier manifestación de protesta no violenta, por más irracional y contradictoria que sea. Siguiendo con sus rupturas de los antecedentes conservadores, en el plano de la política exterior, desarrolló como anfitrión en Mar del Plata una confrontación con Bush por el ALCA que, con ayuda del resto del Mercosur, produjo la derrota y retirada norteamericana. Mantuvo siempre una postura genérica a favor de la integración latinoamericana y se alineó correctamente con los gobiernos progresistas que fueron surgiendo en la región. Desarrolló además una negociación de deuda con una quita importante, cosa que ahora reitera para los acreedores autoexcluidos de la fase anterior. Sólo muy someramente en el plano interno, ya que es relativamente tangencial a esta discusión, el kirchnerismo revirtió la política de impunidad pretérita sobre violaciones a los derechos humanos y modificó la Corte Suprema de Justicia eliminando los exponentes más retrógrados del «voto automático» sustituyéndolos paulatinamente por figuras jurídicas de prestigio académico e independencia. También avanza en medidas de contención social como la asignación universal por hijos, el otorgamiento de jubilaciones a quienes nunca las hubieran podido obtener, la reestatización de la seguridad social eliminando las AFJP (equivalentes argentinas a las AFAP uruguayas), generando medidas de cierto mejoramiento de la legislación laboral y de combate a la desocupación. Asimismo, logró la aprobación de una ley de medios que tiende a desmonopolizar las comunicaciones, entre otras iniciativas.

Sin embargo, ninguno de estos avances surge de construcción contrahegemónica colectiva alguna. No hay cimientos políticos bajo el liderazgo circunstancial. Es el producto de una sensibilidad olfativa de las tendencias de coyuntura y las posibilidades de negocios, ascensos y ejercicio del poder, basada en el pleno personalismo, con una estructura mediática de comunicación y dirección vertical y un conjunto de mediaciones punteriles hacia abajo sostenidas en el clientelismo y la corrupción. Es cierto, como dice Mujica, que el futuro gobierno será justicialista. Pero no lo es que sea inadvertido por periodistas y politólogos. Lo intuyen hasta los más ignorantes exponentes de la farándula. Por ejemplo, el conductor televisivo Alejandro Fantino dijo recientemente a la revista «Gente» que quiere ser gobernador de Santa Fe. Consultado acerca del partido desde e
l cual militaría, contestó: «Siempre te dicen que para poder jugar hay que hacerlo desde el peronismo». Justicialista es también Menem, Reuteman, Duhalde, De Narváez, Macri, Solá, Kirchner, Solanas y una lista interminable de actores políticos de todo signo y color ideológico amparados por la común identidad del travestismo. Aún los tímidos intentos de transversalidad (de hecho siempre subordinada y hegemónica) terminaron centrifugando a toda posible convergencia más genuinamente de izquierda o relegándolos luego a lugares menores como a Bielsa, Filmus, González García, etc.

Conjuntamente con las posibilidades de acceso a la función pública y el poder (que nada ingenuamente le atribuye el conductor televisivo) el peronismo ha logrado además una fabulosa movilidad social ascendente: para sí. Casi todos sus líderes y referentes, tanto políticos como sindicales, aún proviniendo de orígenes humildes o medios, son efectivamente millonarios. Aún los que se han dedicado desde la misma recuperación democrática al ejercicio de cargos públicos lograron desarrollar fructíferos negocios y fundar y mantener empresas muy redituables.

No deja de ser un insumo para el elector uruguayo de este domingo la reflexión sobre el reflejo invertido de la orilla argentina, dada la sucesión de gestos de austeridad y honestidad radical que han dado tantos dirigentes, comenzando por el propio presidente Mujica, y pasando por el resto de los niveles de gobierno y representación. También, que ante la posible deshonestidad de algunos, la respuesta fue el desplazamiento dignificador de la función pública.

Es que en Uruguay se viene gestando una experiencia de identidad política transformadora fundada en ciudadanos de trabajo y honradez. Precisamente el tipo de afirmación que podría integrar el arsenal retórico peronista, sólo que en Uruguay, además es cierta: se trata de una experiencia unitaria en la diversidad y de esfuerzo personal al servicio de la política y no a la inversa. La que espero hoy se vuelva a imponer de manera arrasadora.

|*| Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano. [email protected]

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