A LEY DE JUEGO, TODO DICHO

En mis primeros años de militancia política y gremial solíamos reunirnos con un grupo de compañeros de Las Piedras pergeñando qué hacer para mostrar nuestra oposición a la dictadura. Queríamos dar señales fuertes para ayudar a la gente a perderle el miedo a los militares. Golpistas que a fuerza de sangre, picana, cárcel, supresión de libertades, apropiación del derecho ciudadano y control social permanente tuvieron en jaque a la población. Cualquier plan era riesgoso. La opción era clara: te quedabas mascando bronca, tomando mate o te la jugabas a cara o cruz. Al mediodía con los bolsillos flacos y el estómago chiflando, íbamos al taller del «Tío Rolando». Hombre de pocas palabras, veterano, herrero autodidacta solidario por vocación, ex anarquista y comunista sin partido como le gustaba decir; el «Tío», cocinaba para todos los que andaban en la vuelta sin un mango para comer. Tenía una parrilla enorme hecha por él, apoyada en bloques sobre el piso de tierra que estaba frente al taller. Sentados en tarros de pintura nos deleitábamos con jugosas tiras de asado y chorizos de rueda interminable. Allí comíamos, jugábamos al truco y seguíamos debatiendo sobre qué hacer para provocarle alguna roncha a «los milicos». Cuando nos enredábamos en la evaluación de los pro y los contras o los riesgos que podíamos correr si hacíamos tal o cual cosa, el «tío Rolando», concentrado en el asado y sin mirarnos, nos gritaba con su vozarrón «a ley de juego todo dicho muchachos». Y agregaba «pa’ todo hay que tener pasión, hasta pa’ir al ‘ñoba'». Si no le metés ganas te sentás en el water y te descaderás». Cuando estaba más cabrero nos encajaba «plata o mierda maricones». Había que jugársela. Nos avisaba que no hay parto sin dolor ni causa libertaria con seguro de vida. Hoy, desde el otro lado del mostrador, Uruguay está en la misma situación. O aprovechamos esta oportunidad única que tenemos para dar el salto cualitativo que necesitamos para construir el país de primera que merecemos, o nos quedamos en la queja eterna hasta que nos coman los piojos.

La gestión del anterior gobierno nacional y la coyuntura regional nos dan la oportunidad de jugar a ganar. Con todos los jugadores y en todas las canchas.

 

Nuestra peor enfermedad

Saber dónde nos duele es el mejor comienzo para cambiar. A pesar de lo hecho, siendo autocríticos, la lista de pendientes a resolver es interminable. Ningún país se cambia en 5 años. Pero a la hora de priorizar, sabemos que el único cáncer que desde hace más de 30 años crece silenciosamente en nuestras entrañas es la fragmentación social. Hace rato que dejamos de ser una sociedad integrada, espontáneamente solidaria, de valores comunes y con movilidad social. En parte esto es consecuencia de la contaminación moral que heredamos de la impunidad cotidiana que sembraron los golpistas del 73. Pero también hay responsabilidad del neoliberalismo que promovió el individualismo arribista «pisacabezas» y que quizo vendernos al consumismo extremo como sinónimo de progreso nacional y éxito social. Los populares carritos de chorizos, las boutiques, el fitito y el perro callejero fueron sustituidos por grandes centros comerciales, cadenas de comida rápida, enormes cuatro por cuatro y mascotas con nombre y apellido. La gente se enredó en la cuerda y se llenó de tarjetas de crédito comprando sueños inservibles, invisibles e imposibles de pagar. Mientras tanto, al norte de Avda. Italia y en el Interior urbano, la gente se hundía en la pobreza y cada vez más familias eran empujadas a los asentamientos y a la marginalidad. No miramos para el costado y a pesar de los significativos esfuerzos realizados por el gobierno de Tabaré y las políticas desarrolladas contra la desigualdad, los síntomas de esta fragmentación social siguen envenenando la calle todos los días. Se instalaron infranquebles fronteras culturales que corroen los valores comunitarios de convivencia. Las autoridades han resuelto erradicar definitivamente la emergencia habitacional concentrada fundamentalmente en Canelones y Montevideo. La pasta base campea. También hay datos estadísticos que representan caras de carne y hueso arrugadas por el sufrimiento. Las familias no son las mismas. Muchas se rescatan como pueden, pero en paralelo se han multiplicado los casos de violencia doméstica, maltrato y abuso infantil. El 40% de los menores de 6 años siguen viviendo en la pobreza; hay niños que ya son la 3ª generación de familias sin trabajo; dos tercios de los veinteañeros no han completado la enseñanza media; las tasas de repetición y deserción liceal siguen creciendo y un 24% de los jóvenes entre 17 y 24 años no estudian ni trabajan, encontrando en la calle la identidad que las redes sociales no le dan. En los últimos 30 años se instaló una cultura de la violencia que se reproduce en cada esquina, porque muchos gurises sobreviven y se gratifican en función de nuevos códigos de relación. Estos pibes de la calle hacen la suya y no buscan la inclusión social. Detestan la indiferencia del diferente, desconfían del resto de la gente y combaten la vida como pueden. Aún así somos ambiciosos y vamos a más. Estamos orgullosos del Plan Ceibal y sus efectos pero no nos conformamos. Si queremos curar este cáncer deberemos redoblar el compromiso actuando con grandeza, entrega y generosidad. La recomposición social será lenta y nos necesita a todos.

 

No hay excusas

Profundizar los cambios es agarrar el toro por las guampas para trabajar unidos en la reconstrucción del tejido social. Las condiciones están dadas. Hay una ciudadanía activa que no sólo reclama sino que también propone y actúa desarrollando microexperiencias participativas que recrean en formato SXXI la espontánea solidaridad del tío Rolando. En los últimos 5 años el país creció un 35% alcanzando en 2009 un PBI por cápita de U$S 9.500, y el buen manejo de las políticas macroeconómicas permitió que a pesar de la crisis internacional del 2008 Uruguay fuera uno de los pocos países del mundo con crecimiento positivo. Las inversiones externas alcanzaron niveles históricos.

El PIT­CNT, que supo estar en primera linea en la lucha contra la dictadura y que dio una mano enorme para rescatar al país de la crisis de 2002, sigue luchando por el desarrollo productivo y la justicia social, sea cual sea el gobierno. No reniegan de su ideología pero tampoco transan con la obsecuencia. El 1º de mayo resaltaron la urgente necesidad de dar respuesta a la violencia doméstica e hicieron un llamado directo a la reflexión de todos los trabajadores hombres. Antes de pegarle al hijo o a la mujer, mejor es irse del hogar, para proteger a la familia.

La mayoría de los empresarios se han profesionalizado dejando de pensar en las ganancias oportunistas del corto plazo. Invierten a largo plazo, apuestan al desarrollo del país y han aumentado significativamente sus acciones de responsabilidad social.

La política también está cambiando. Estamos aprendiendo que la construcción de un país de primera implica no confundir diferencias ideológicas con chicanas electorales. En octubre de 2009 propusimos que el Frente Amplio ofreciera a todos los partidos la implementación conjunta de políticas de Estado con miras al 2030 en cuatro temas vitales para el desarrollo del país: educación, seguridad, matriz energética y medio ambiente. La madurez y la incipiente renovación cultural de todos los políticos ha permitido que esos grupos de trabajo multipartidarios estén trabajando y ya produjesen aportes concretos. La oposición asumió su rol e integrará los directorios de los entes. En el Interior la alternancia de los Partidos Políticos en el poder ha enriquecido, entusiasmado y movilizado a la comunidad.

La región, de la mano arrolladora del Brasil de Lula, es un espacio de oportunidades.

En este contexto no hay lloriqueo que valga. La reconstrucción de nuestra sociedad no puede quedar para el final.

 

Por lo que hicimos y
por lo que falta

Ya arrancamos. Hace rato que muchos uruguayos dejamos de esperar que el último ciclista de la vuelta llegara al Velódromo para empezar a laburar. El lunes se completará el mapa político del Uruguay y tendremos más compañeros que se unirán a está dura y larga batalla por la justicia social. Creo en mi país y en su gente. Por si fuera poco hace dos semanas en una feria me encontré con el «tío» Rolando. Más arrugado que nunca pero testarudo como siempre, caminaba despacito apoyado en una caña gruesa que usaba de bastón. Lo reconocí por la intacta picardía truquera de sus ojos. Le di un abrazo sin decirle nada. El se me apoyó en el hombro y después de carajearme por seguir usando bigote, me dijo bien bajito al oído: «Ahora que sos ministro no te olvides. A ley de juego todo dicho».

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