¡Magia!
Confieso que me equivoqué.
Nadie postuló a Lula. El pícaro brasileño, seguramente interesado en otros zigzagueos de estatura mayor, miró hacia arriba y Kirchner se salió con la suya: al momento de publicarse esta columna, si el rumbo de las cosas no se modificó por una catástrofe, habrá sido designado secretario general de la Unasur.
Me rindo a sus pies. Es un mago, o tal vez un dios laico desagradable, sospechoso pero astuto; hizo el milagro de sentarse en un sillón que flota en un enorme agujero negro. La Unasur, ya lo he dicho, jurídicamente no existe. El tratado que ha de darle vida aún no fue ratificado por todos los Estados miembros.
Es la primera vez, al menos hasta donde la memoria me permite llegar, que se elige, se viste y se maquilla a un payaso antes de crear el circo donde hará reír.
La extraña circunstancia, que hasta sería graciosa si careciese de tantas implicancias que la ensombrecen, me recuerda uno de aquellos títulos de tango de la época prostibularia original: «¿Con qué topa que no d’entra?».
Pero no, ahora entrará. Quiero decir que el hombre vivísimo que mira a dos lados al mismo tiempo, maneja el poder como una caja registradora y cada día es sujeto de acusaciones que van del enriquecimiento ilícito al soborno, se las ingeniará para que no lo trague el agujero negro. Al contrario, en breve el continente sabrá de su hipocresía, su autoritarismo y su peligrosidad. Es más: en su propio país es conocido que desesperaba por este cargo, al que ve cual tabla de salvación ante el maremoto que, desde el patio trasero de la casa, se le viene encima.
¿Uruguay? Bien, gracias. ¿Fue un voto? Colgado del pretil de la zafada útil, ayudó a destrabar la designación. Un anadeo diplomático, espero que al menos con el corazón encogido y la puerta de huida abierta, para mejorar supuestamente nuestro perfil en la relación y los acuerdos con Argentina.
¿Qué pensará Vázquez? Intuyo que es mejor no preguntar.
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