Excrementos
La ciencia hace que el asombro del ser humano sea inagotable. Cada mañana, al despertar, uno se topa con informaciones conmovedoras que pueden inducirle a locas ideas.
Investigadores de la División Antártica Australiana dicen haber comprobado que el excremento de las ballenas es útil para combatir el cambio climático que amenaza al planeta. Actúa como un fertilizante de los océanos, mejorando su capacidad de absorción de dióxido de carbono.
Las ballenas cuya supervivencia, si se confirma este anuncio, pasaría a ser una causa sin contradictores se alimentan principalmente del krill, crustáceo planctónico repleto de hierro que, al ser excretado, contribuye de forma natural al equilibrio del ecosistema global.
Los beneficios del excremento animal, aunque en escala menor, datan de la antigüedad y no son novedosos. Recuerdo a una curandera de Las Piedras, que visité por imperio materno, quien me convenció de las maravillas que la mierda de gallinas y cerdos podía hacer ante determinadas enfermedades.
Y recuerdo aquella noche que el Chiquito Otegui fue obligado a confesar por qué no ponía una cisterna en el baño del boliche, evitando que los parroquianos recurriesen al viejo y querido balde con agua. Había construido un rudimentario pero muy efectivo mecanismo, conectando la salida del excusado, a través de un caño que se dirigía, enterrado a medio metro, a una huertita del fondo. En ella cosechaba los rabanitos, morrones, tomates y yuyos diversos que luego, debidamente envejecidos y fermentados, mezclaba con la grapa, la caña y el vino de la casa que ofrecía a sus clientes.
Un visionario, el Chiquito.
Pensándolo bien, ahora que los investigadores australianos le han dado este impulso a los méritos del excremento animal y nosotros somos unos animales, quién sabe si no sería buena cosa desarrollar el uso de la mierda humana.
Claro, a otra escala, para lo cual harán falta inversores, como tantas veces ha dicho Mujica.
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