Podrido
Hay una expresión gráfica, popular desde la médula y también prosaica, de la que yo podría exonerarme poniéndola en boca de, digamos, Ruedita, Epifanio, el Facha Ruiz o el Negro Collazo.
Estoy real, concentrada y profundamente podrido.
Ya no tolero, como ciudadano de pensamiento libre y crítico, que se siga escamoteando a la sociedad el debate entre candidatos a responsabilidades de gobierno. Vuelve a pasar ahora entre quienes aspiran a poner sus posaderas en el sillón principal de la Intendencia de Montevideo.
Cada quien sale, recorre barrios, centros de reunión y hasta casas familiares. En algún lugar se sube a un tabladito o a un cajón de madera y dice lo que quiere sin el mínimo riesgo de ser contradicho o de que se le repregunte acerca de asuntos que a toda la gente interesan. Son discursos previsibles, repletos de ardores militantes o de dramáticos cuestionamientos, según el caso, donde reinan las promesas abundantes, confusas, vistas como de espaldas, hasta insolentes si uno alcanza a detenerse para analizarlas con la suficiente información objetiva.
Al fin, aunque se comience con consignas gritadas y vitoreadas, todo confluye en un susurro servicial, para cumplir, semejante a un examen oral de un estudiante de segundo grado del bachillerato.
Después, gane quien gane, y más allá del caudaloso palabrerío, la realidad suele abofetearnos con dureza: poquísimas veces coincidirá, más allá del paso del tiempo, con los enunciados que la precedieron.
Una democracia es más sólida cuantas más posibilidades tienen los ciudadanos de huir de lo previsible y meterse de cabeza, con todo el trabajo que eso exige, en un detallado análisis de lo que se expone a su vista cotidianamente y de lo que se les anuncia.
Es obvio que un debate no canoniza ni convierte en demonio a nadie. Pero tiene un efecto revelador a la vista, despeja los oídos y suele desatar contradicciones, nudos ideológicos y mentirillas engañosamente afables.
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