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DIARIO DE CAMPAÑA: ¿HALLARSE EN LA HAYA?

La prensa internacional ha anunciado para el 20 abril el fallo de la Corte Internacional de La Haya sobre el conflicto entre Uruguay y Argentina.

Algunas puntualizaciones:

1. No comparto la visión de la Corte de La Haya como un órgano meramente protocolar. A título de ejemplo, Mel Zelaya ha relatado cómo el veredicto de La Haya dilucidó buena parte de la contienda sobre los límites marítimos de Nicaragua y Honduras, y así, pudo su país iniciar una estratégica prospección petrolera atlántica.

2. Me enojaron los cortes de puentes y rutas, los negocios y trabajos perdidos en nuestro país a causa de estas acciones. Sentí que, más allá de la legítima polémica técnica y política sobre la sustentabilidad ambiental de la instalación de las pasteras, se apostaba a la imposición del mayor sobre el menor.

3. Sin embargo, dada la complejidad del conflicto, intuyo que, por un lado, La Haya apoyará a Uruguay en cuanto a la inexistencia de afectación ecológica y a la ilegitimidad del bloqueo de puentes, pero por otro lado, conceda razón a Argentina en cuanto a los procedimientos seguidos en torno al Tratado del Río Uruguay. No es esperable que tome decisiones muy drásticas sino que laude algunos aspectos centrales y deje muchas tareas pendientes para la acción conjunta de ambos países. De todos modos, sea cual sea el dictamen, el trabajo de acercar los hermanos de ambas orillas del Plata nuevamente no lo hará el dictamen del 20 de abril, sino ambos pueblos. Enorme desafío.

4. Es impostergable la reconciliación total de ambos países. Pero además dicha reconciliación puede ser un puntal en la revalidación del Mercosur y de la naciente unión subcontinental. Y sobre todo, no puede permitirse que, «de colada» en el conflicto ambiental, la derecha de ambos países aproveche a meter cuña entre los mejores gobiernos que han tenido Uruguay y Argentina en mucho tiempo, que responden a un modelo político con muchas afinidades.

Repasemos los presidentes que ha tenido Argentina desde la Revolución Argentina que depuso a Illia el 28 de junio de 1966. Por su orden, los dictadores Onganía, Levingston, Lanusse, la breve primavera democrática del «Tío» Cámpora (apenas un mes y medio), el interregno de Lastiri, la triste senectud de un Perón impropio de su recuerdo, el oscurantismo de Isabelita y su «brujo» López Rega, la barbarie de los Videla, Viola, Lacoste, Galtieri, Saint-Jean y Bignone. Sin desconocer méritos en Alfonsín, a tal punto no pudo satisfacer las expectativas generadas que, empujado por la hiperinflación, debió entregar el mando anticipadamente a Carlos Saúl Menem, el de las relaciones carnales con EEUU, que pusiera en venta Argentina y el enorme volumen de dinero generado en pocas y muy amigas manos. La Argentina de los millones de niños en extrema pobreza volvió a esperanzarse con De la Rúa, cuya inconsistencia y autismo político lo subió al triste helicóptero, tras desatar una criminal represión. Tras los interregnos de Puerta, «el Adolfo» Rodríguez Saa y Camaño, llega la restauración del peronismo corporativista de Duhalde. Busque, querido lector, en este vertiginoso recuento de casi 38 años, políticas que pueda tipificar de progresistas y que se hayan sostenido mínimamente en el tiempo. Yo no las encuentro. Y es en este punto del repaso en que aparece el actual proceso político argentino.

Durante los gobiernos de Kirchner y Cristina Fernández, Argentina creció económicamente, redistribuyó riqueza, invirtió en educación, vivienda, asignaciones familiares, desarrollo de Pymes, y está a punto de realizar un canje de deuda con quitas del 65%. Pero sobre todo, sostuvo de manera inclaudicable cuatro políticas que significan feroces enfrentamientos con el poder fáctico, con la derecha más rancia y que requieren muchísimo coraje político. 1. Una férrea política en materia de derechos humanos y abrirle paso a la verdad y justicia. 2. El enfrentamiento con la oligarquía rural, por generar de su riqueza fondos para políticas sociales. 3. La renacionalización de las AFJP (símil argentino de nuestras AFAP), con el consecuente enfrentamiento con grandes grupos financieros. 4. La feroz guerra desatada por el Grupo Clarín, debido a la llamada «Ley de medios», que pretendiera abrir espacios de democracia en medios absolutamente controlados por los grandes capitales. Capitales que son los mismos de la oligarquía rural y el gran poder financiero y que sostuvieran la dictadura militar. Una auténtica «rosca». La muestra quizá más elocuente del entrecruzamiento de estas cuatro grandes batallas la da la irregular adopción de dos hijos por parte de Ernestina Herrera de Noble, principal accionista del Grupo Clarín, objeto de fundada sospecha de que se trataría de dos de los centenares de niños hurtados por la dictadura a desaparecidos. Sospecha que no se ha podido esclarecer por ocho años de chicanas legales y presiones de todo tipo desatadas por la Sra. Herrera de Noble, sus abogados, sus medios y sus operadores políticos.

Argentina es un país complejo. Los gobiernos de Kirchner y Cristina Fernández ciertamente no son perfectos y se instalan en una sociedad de contradicciones, riquezas y miserias inverosímiles. Y ciertamente pueden haber dado motivos de genuino enojo a muchos uruguayos por la crisis de las pasteras. Pero, en el balance político global que debe hacerse para elegir los compañeros de camino, hay que hacerles justicia. No sólo son por lejos los mejores gobiernos de los últimos 45 años, sino que son muy buenos y valientes gobiernos, que por su orientación y sensibilidad deben ser nuestro firmes aliados, apuntalando desde allí la unión subcontinental.

Se nos enseña en nuestras escuelas que el 25 de agosto de 1825 se proclamó la Ley de Independencia. Pero, acto seguido se aprobó la «Ley de Unión» que reza «…que su voto general, constante, solemne y decidido es y debe ser por la unidad con las demás Provincias Argentinas». Allí aún no éramos uruguayos, alta costura de la diplomacia inglesa: aún éramos los argentinos de la Provincia Oriental del Río de la Plata, acordes al sueño federal artiguista.

Con toda América Latina somos hermanos. Pero con Argentina somos hermanos mellizos, separados al nacer. Nos hemos peleado siempre. Por el fútbol, por Gardel y por el dulce de leche. Y en los últimos años por cuestiones mucho más serias y dolorosas. Pero nos peleamos tanto porque somos visceralmente hermanos: no iguales, con personalidades propias como debe ser, pero hermanos.

Pase lo que pase el 20, que La Haya marque un punto de inflexión que permita el reencuentro. Que no será instantáneo, que no será fácil, pero no es en base a magnificar las diferencias entre hermanos que las familias crecen. Más bien, es en base a saber encontrar el momento de conciliar cuentas, deponer otras diferencias y darse un abrazo bien fuerte y ancho, tan ancho como el estuario que nos une a argentinos y uruguayos.

|*| Analista y matemático.

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