Justicia
Buena cosa resulta, para nuestra salud mental, no confundirse con el parecido de ciertos conceptos.
Por ejemplo, dictar justicia no siempre es hacer lo justo.
¿Quién no lo entiende? Se trata de las imperfecciones de un sistema que, lejos de ser una entelequia, depende de personas con sus intrínsecas contradicciones.
La apelación de la Justicia a una «colaboradora», bajo la seguridad del anonimato, para recibir información y procesar a un conocido abogado, culminó con una diatriba del magistrado actuante contra un colega y un fiscal que, a su vez, habían dictado sentencia por estafa contra ella, dejándola públicamente expuesta y, según él, afectado la todavía abierta investigación.
Por supuesto, la corporación de los fiscales respondió con dureza.
En síntesis, casi un zangoloteo de conventillo, gritando de pieza a pieza y corcoveando, como en un sainete de Vacarezza. Escaso bien le hace a un Poder del Estado exigido socialmente no sólo de ser sino también de parecer.
Esta peripecia viene a cuento, además, de la preocupación del gobierno por la difusión de datos que, a su juicio, son capaces de comprometer otros derechos superiores. Ya he dicho lo que opino al respecto.
Pero a fin de que se me entienda por el lado de un simple cuento, que creo ya hice antes, recordaré una experiencia pasada.
A un modesto carpintero de un canal de televisión, donde yo trabajaba, le robaron un televisor a color flamante que le había regalado la gerencia de la empresa. Desesperado, lloraba.
Alejandro Trotta, entonces allí, se conmovió; llamó a un abogado penalista amigo suyo, de larga trayectoria, a quien no nombraré, y le dio datos del hurto y el domicilio del damnificado. Al otro día, en un momento de poco movimiento a las puertas del canal, alguien dejó «para fulanito» una caja grande de cartón.
Era el televisor robado, intacto.
Nada es fácil ni lineal en esta vida, aunque haya que esforzarse en que así sea, a la manera de una utopía.
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