¿DONDE ESTABAS EL 26 DE MARZO DEL 71?

La gente, la política y los políticos.

Alguna vez alguien dijo en broma que la política es para gente fea y aburrida, de infancias anónimas y sin historias personales interesantes para contar. Por ello nunca hay escasez de políticos aunque a la mayoría de la gente no les importa demasiado lo que les pase. Aún en la exageración del chiste, es cierto que parte de la población mantiene la idea de que los políticos nacen por generación espontánea, habitan su propio mundo ajeno a la sociedad y recién empiezan a cobrar vida cuando aparecen en un medio de comunicación. Hay muchas causas que explican esto, unas buenas y otras malas. Cito algunas: el tradicional respeto uruguayo por separar la vida pública de la privada; el supuesto erróneo de que los políticos ganan mucho dinero y trabajan poco; nuestra dificultad para comunicar qué hacemos y cómo lo hacemos; y la tradición histórica de nuestra cultura política donde se ponderó en exceso el acartonamiento y decir siempre lo «políticamente correcto». Pero estamos cambiando. Hace por lo menos 15 años que muchos políticos tratamos de ser rigurosos en seguir el camino que trazó Líber Seregni. Ese veterano luchador siempre renovador, quien en los hechos demostró que para hacer política además de sentir la vocación de servicio, hay que decir lo que se piensa y hacer lo que se dice. Somos de carne y hueso y como en toda actividad tenemos héroes y villanos, trabajadores y holgazanes, ilustrados y baqueanos. Acertamos o nos equivocamos y somos especialistas en soportar la frustración de no poder cambiar el país al ritmo que la gente reclama. Aun cuando cada uno de nosotros haya llegado a ser político por distintos motivos, existen aspectos comunes. Ninguno de los políticos nació ideologizado ni encerrado en una burbuja. Todos usamos pañales y aprendimos a caminar a los tumbos como el resto de los mortales. Cada cual ha hecho sus propias búsquedas personales hasta llegar a la política. Pero más tarde o más temprano, la admiración y el afecto personal y colectivo, y el deseo de hacer algo por los demás, han sido decisivos en la elección de esta actividad. No desde la teoría sino desde el enamoramiento y la pasión.

 

Aniversario del FA.

Hoy se conmemoran 39 años de la fundación del Frente Amplio. Fecha histórica para un Partido joven que ha sabido bancarse miles de sinsabores, y que hoy, en ejercicio de gobiernos nacionales y departamentales, y aún con gestiones exitosas, continúa mirándose hacia dentro para repensarse críticamente, y alimentar nuevos sueños sin perder identidad ni compromiso con el cambio social. Pero no sería fiel a mis dichos, si no les cuento dónde estaba y qué hacía yo con 13 años el 26 de marzo de 1971. Vinimos desde Las Piedras con una barra de militantes del Liceo. Los mismos que el año anterior nos defendimos como pudimos de las balas de la JUP, que entraban por las ventanas de los salones con los gurises de 1º y 2º tirados en el suelo para protegerse, mientras los grandes desde la azotea repelían el ataque con molotov. Estaba en 1º, pero como era alto y medio forajido, yo estaba tirando botellas de nafta con mechas hacia abajo con la ilusión de darle a alguno de los atacantes. En ese clima nos fuimos formando a puro golpe, pero con ilusión y esperanza de que otro mundo mejor era posible, es más, lo sentíamos a la vuelta de la esquina. Con toda esa esperanza a cuestas nos tomamos el ómnibus hasta el centro para ir al primer acto del naciente Frente Amplio. No me voy a olvidar nunca como lucía con orgullo, los pamperos blancos, los vaqueros y la camisa roja. Nos fuimos juntando con otros jóvenes de camisas rojas coreando la consigna «Patria arriba, rosca abajo», lo hacíamos con fuerza tratando de hacernos oír entre tantas consignas que se coreaban con tanta fuerza como las nuestras. Recuerdo que hablaron muchos y sin embargo no nos aburríamos ni nos movíamos, había mucha rebeldía que nos empujaba interiormente a estar. Y al final aparece un general ­desconocido para nosotros­ que nos va atrapando poco a poco con sus palabras y más que nada con su convicción, nos fue dejando en silencio, escuchándolo con atención. Ese día nació un respeto por Seregni que no se iría nunca. Terminado el acto, los infaltables comentarios en el boliche para hacer tiempo y tomar el primer ómnibus que nos llevaría de regreso, con la certeza de que estaba naciendo algo grande, muy grande. Qué lejos estamos de aquellos días, el contexto es por cierto muy diferente pero la utopía sigue intacta y la construcción de una sociedad justa y más feliz, está más cerca, aunque no lo parezca.

 

Las elecciones departamentales.

En un hecho sin parangón para un partido político tan joven, el Frente Amplio lleva 20 años consecutivos de gobierno departamental en Montevideo. Pagamos derecho de piso, aprendimos a ser gobierno y no oposición, se hicieron obras postergadas, se realizaron las políticas sociales que los gobiernos nacionales de los partidos tradicionales no asumían e iniciamos el proceso de descentralización. Sin embargo, queda mucho por hacer y existen demandas societarias nuevas que requieren respuestas creativas y que habiliten la participación ciudadana. A pesar del orgullo por nuestros logros y por la constructiva autocrítica que realiza la fuerza política de la gestión municipal, no somos sordos. Aún asumiendo las nuevas responsabilidades ministeriales, seguimos recorriendo barrios y escuchando a la gente. Hay muchos cansados por lo extenso del proceso electoral y otros a quienes aún no les hemos comunicado con claridad qué se vota en mayo. Pero debemos recordar que la democracia nos da una nueva oportunidad para incidir en la orientación del país.

Quien piense que el éxito y progreso en los servicios públicos, en la salud, la educación, la vigilancia, únicamente se puede medir por el aumento del presupuesto, anda mal rumbeado. En estas elecciones departamentales, el Frente Amplio con mayor énfasis aún, propone que hay otras cosas que importan y que llevan al bienestar. La convivencia comunitaria, la calidad de vida de las familias, los afectos en el relacionamiento social y la formación en valores, son claves para la construcción de un país de primera. Con el fortalecimiento y expansión nacional de esta propuesta tenemos una verdadera oportunidad para rehacer la cultura política, reformular el ejercicio de gobierno, revalorizar los servicios públicos, y lograr un incremento en el bienestar colectivo. Este es el punto que quiero mostrar.

 

Las alcaldías.

Este nuevo nivel de gobierno fue pensado en primer lugar, para darle a la población más poder y control sobre sus vidas. Más oportunidades de elegir y decidir para crear una sociedad mejor y más fuerte. Es la forma institucional que le dimos a la comprensión de la naturaleza y necesidades humanas. La política y los políticos sólo tendrán resultado si procuran aceptar a la gente tal como es y no como les gustaría que fueran. Incentivemos en la población un cambio de mirada social. Ayudemos a que los ciudadanos no se pregunten solamente qué puede hacer el país por mí sino qué puede hacer cada uno por su vecino. Las alcaldías ofrecen esa oportunidad. Sin la activa participación se vaciarán de contenido. Y aceptemos que cada cual aporte lo que pueda. Trabajar, estudiar, educar, disfrutar de la familia y los amigos, dejan poco espacio para el compromiso social. Está en cada uno de nosotros sumar millones de granitos de arena, cómo y cuándo se pueda, no solo para que vivamos mejor sino para que los políticos aprendamos como personas y desempeñemos mejor la representación popular.

(*) Ministro de Transporte y Obras Públicas

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