Preguntón
Hoy me ha dado por asumir el papel del preguntón, ese ser molesto, tenaz, siempre a la intemperie con su pensamiento libre, que suele causar reacciones herpéticas en muchos dogmáticos que andan por ahí.
¿Es posible que una cantidad considerable de buenas ideas, en tanto se plantean, al menos aparentemente, sin un hilado que las una, se conviertan en un montón deforme de sanas intenciones que corren hacia un abismo?
Es posible. Lo demuestran los enunciados acerca de la reforma del Estado que a diario, con una consecuencia y un optimismo admirables, estimulantes, contagiosos, se tiran sobre la opinión pública desde el gobierno.
Veamos ejemplos, que semejan parafraseo a Juan Marsé en una inmejorable metáfora aquellos pantalones anchos y americanas holgadas que usaba Robert Mitchum, hombre de nuca insultante que siempre se iba sin despedirse.
¿El ingreso de funcionarios públicos se limitará por un año? ¿Y los contratos que se admitirá por razones de necesidad de los ministerios y, quizá, de los entes?
¿Una «ventanilla única» procesará ingresos que pueden ser tan diferentes y, en ciertos casos, tan complejos como para que el sistema concluya en una gran ingenuidad y en errores caudalosos?
¿Se mantendrá el concurso como mecanismo idóneo de ingreso? ¿Si? ¿Sin cambios, luego de las dudas que les tiró encima, con meridiana precisión y escasa gentileza, el propio Presidente de la República?
¿Cuándo se tendrá claro el funcionamiento de las alcaldías y, sobre todo, los recursos con que contarán? Sin ellos en cantidad suficiente sólo habrá un aumento terrible de la burocracia.
¿Qué demora la creación del Ministerio de Gobierno, que en la campaña preelectoral e incluso ya en funciones el gobierno de Mujica fue flameada como una de las banderas fundacionales de la nueva administración?
Según la realidad objetiva hay una velocidad de enunciación y hay otra de comprensión. Ojalá no haya una tercera, lentísima, de realización.
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