DIARIO DE CAMPAÑA: DESCUBRIENDO A LOS RESPONSABLES

Paul Samuelson fue un brillante economista neoclásico estadounidense que en 1970 ganó el Premio Nobel. Uno de los textos universitarios de Economía básica más célebre es suyo. Por los 80 leí en su introducción una frase que se me grabó para siempre. En ella Samuelson manifestaba de manera candorosa que envidiaba al estudiante-lector que estaba por vivir la experiencia más magnífica que el había disfrutado: descubrir la ciencia económica. El amor al saber, a la frescura, a la humildad y el espíritu del «eterno aprendiz» que destilaba el comentario de Samuelson bien vale recordarlo la vida entera.

A años luz de la estatura intelectual de Samuelson, siempre he sido un perseguidor de descubrimientos. Sensación maravillosa: de golpe se abre un panorama nuevo ante nosotros, una ventana a un mundo mucho más ancho y rico de lo que pensábamos. Ese placer sentí a los 14 años, cuando oí a ese flaco al que llamaban Jaime Roos que para mi oído era un «rendez-vous» entre los Beatles, la murga, el candombe, el Kinto y con algún aire libanés. Algo de eso viví cuando reconocí el alma de Cuba en las cuerdas del bajo de Juan Formell o, a lágrima viva, me envolvió el violín de Stéphane Grapelli haciéndome visitar otra dimensión del jazz. Sin duda alguna, cuando vi los ojos enormes y llenos de vida de mis hijas al nacer, momento en que descubrí que lo definitivamente bello no se puede expresar en palabras. Los mejores descubrimientos no son meramente intelectuales, sino sensibles, vivenciales, mezcla de pasión, sudor y sangre, sonrisa y ensueño.

Hace unos días, tuve la oportunidad de ver una entrevista realizada por Walter Martínez en su programa «Dossier», de Telesur, a David Choquehuanca, canciller del Estado Plurinacional de Bolivia, presidido por el ilustre Juan Evo Morales Ayma.

De Choquehuanca solo conocía algunas generalidades a raíz de haber leído alguna nota sobre su vida: unos 48 años de edad, oriundo de una pequeña comunidad aymará a orillas del lago Titikaka, militante sindical, campesino e indigenista, becario en Cuba, promotor del movimiento 500 años de resistencia, diplomado en Historia y Antropología y también en Derecho de los Pueblos Indígenas. De origen humilde, con militancia de toda la vida por la recuperación de la autoestima y dignidad de las naciones indígenas y campesinas. Un a priori francamente favorable para mí, pero no había tenido oportunidad de oírle hablar in extenso.

En aquella entrevista pude disfrutar de una larga y muy serena exposición de Choquehuanca, en la que fue desgranando conceptos en torno a la iniciativa de Evo Morales de convocar a una cumbre por el cambio climático y los derechos de la madre Tierra en Cochabamba. Recomiendo plenamente toda la entrevista, pero quiero concentrarme tan solo en uno de los temas que abordó: la deuda climática y los países responsables ante lo que le sucede a la madre Tierra.

Forma parte de nuestra cotidianeidad escuchar o leer que todos los países de América Latina debemos ser responsables ante la Comunidad Financiera Internacional e incluso pagar las deudas que contrajeron gobiernos dictatoriales para fines netamente espúreos. Si un país no asume una conducta «responsable» en tal sentido, se queda sin créditos ni inversiones, y por lo tanto, quedará condenado a un bestial aislamiento. Esa deuda financiera hay que «honrarla», pese a quien pese. Obviamente, como toda deuda puede ser pagada de maneras menos lesivas, más inteligentes. Pero el punto aquí no es si está bien o mal pagar o no pagar, o pagar de tal o cuál forma. El punto es una constatación: casi nadie discute acerca de que hay que honrar la deuda financiera ­aún la de gobiernos ilegítimos­ no sólo por realismos, sino hasta por cierto sentido de la ética.

Pero, el gran capital financiero, a través de las empresas calificadoras de riesgo se permite ponerle «la nota» a los países, cual si fueran tiernos escolares. Paralelamente, también se da el lujo de, a través de los grandes medios que le son funcionales, generar opinión pública que califique a los gobiernos. Muy particularmente a los de izquierda. Es así que todos hemos oído hasta el hartazgo, durante los últimos años, que dentro de los gobiernos progresistas de América Latina había presidentes responsables (Bachelet, Tabaré), muy responsable pero temperamentales y de cuidado (Lula), populistas irresponsables (Kirchner y Fernández, Evo, Rafael Correa, Lugo) y, por último, Satanás en la Tierra (Chávez, Fidel). Por supuesto que no aceptaría que nadie cuestionara la responsabilidad de mi ex presidente Tabaré Vázquez, pero como mero ejemplo ¿quién ungió a estos dioses del Olimpo mediático-financiero con el derecho de llamar irresponsable al mejor y más democrático presidente que ha tenido el Ecuador en décadas, como Rafael Correa? No se trata de idolatrar ni santificar a nadie, pero tampoco se puede permitir que nadie, a miles de kilómetros y millones de dólares de distancia, tenga la arrogancia de «enseñarnos» quiénes son «los nenes malos». Más cuando lucieron un tanto distraídos en la época de los Pinochet, Videla, Stroessner, Goyo Alvarez, etc.

Ahora bien, sin consultar a Wall Street, la naturaleza parece estar clamando. Sin entrar en tecnicismos, todo parece indicar que las modificaciones que les hemos introducido al clima y al medio ambiente en general son realmente serias. ¿Hemos? En realidad, en un 99%, han. Los grandes capitalistas, desarrolladores de tecnologías que le permitieran acelerar el ciclo de reproducción del capital a cualquier costo, son los grandes responsables de haber usado de manera irracional, irresponsable y hasta criminal (en los casos en que había conciencia de los efectos nocivos) tecnologías «sucias», profundamente dañinas para todo el planeta. Hay, pues, una deuda climática, una deuda ambiental, que es aún más importante que la financiera. Porque si no saldamos la deuda ambiental, podemos desaparecer todos. Así de simple. Y respecto a esa deuda, los acusados de siempre tenemos por una vez todo el derecho del mundo a acusar. Acusar al gran capital multinacional, a los países que no cumplieron el tratado de Kyoto, a todos los que tenían conocimiento del desastre que estaban provocando y siguieron adelante, o a los que ni siquiera les interesó cerciorarse de si sus intervenciones ambientales eran riesgosas.

Merece especial atención la cumbre de Cochabamba. Algunos compatriotas, seguramente muy letrados, tomarán con sorna despectiva, limítrofe entre el paternalismo y el neto racismo, los comentarios de Choquehuanca y la propia cumbre. Una cosa es ser letrado y otra, muy distinta, es ser sabio. Para esto último, además de conocer, hace falta comprender, sentir y, sobre todo, guardar una profunda humildad ante la vida. Como la de ese hombre, David Choquehuanca, crecido en comunión permanente con la Pacha Mama, al que con completa serenidad vi transmutar el dolor y marginación de milenios en propuestas constructivas, llenas de paz y de futuros posibles.

|*| Analista y Matemático

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