El desinterés
Volvió a pasar. Modestamente, lo predije cuando aludí, causando molestias a unos cuantos, a lo mal que se redactaban las leyes en Uruguay.
¿Qué misterioso estímulo, quizás secreto elixir, puede quitar la somnolencia a los legisladores para que alguna aislada vez, no seamos fanáticos, den forma a una norma que no se convierta luego en puro humo del caño de escape de una moto?
En confianza, escurriéndose por rincones y susurrando detrás de pesados cortinados, fuentes confiables del gobierno lo han admitido: no hubo interesados en la subasta para construir la segunda terminal de contenedores en el puerto de Montevideo porque la legislación de sostén tiene errores, omisiones y no da garantías necesarias.
Si algún lector cree que hablo de cuestiones complejas, o de tecnicismos intrincados, se recibirá de inadvertido. Casi siempre son aspectos sencillos, por ejemplo una redacción capaz de inducir a fruncir el ceño o a un grosero silencio punitivo.
Entre tanto, algún empresario, apelando a la milenaria cultura de su clase, fue mucho más duro, soberbio y claro: «El mercado habló de forma concluyente».
Y, al menos para este proyecto, el Estado necesita del mercado.
Ahora hay por delante al menos un año para recomponer el plan. El primer paso ha sido previsible; es también una muestra cultural, tal vez no milenaria pero con largo tiempo de alimentación y obesidad: como no sabemos bien qué pasa, integramos una comisión para descifrar el enigma. Especialistas de los ministerios de Economía y de Transporte y Obras Públicas invertirán horas, días, semanas y, quién sabe, meses en hacer otra ley, afrontando interminables consultas y negociaciones parlamentarias, de modo que no sea reprobada por el mercado ni por una maestra rural de segundo grado.
Es decir, un enfoque totalizador, completo y sin equivocaciones infantiles, a la espera de la gran oportunidad.
Exactamente lo que debió hacerse antes de causar este penoso fiasco.
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