La estupidez
-¿Acaso es usted estúpido, buen hombre?
-¿Qué dice? ¿Qué se ha creído?
-Disculpe, me pareció. Debo haberme equivocado.
Uno de los debates más plausibles a que podríamos abocarnos ahora, cuando se habla de una sociedad con más educación y conocimientos, o sea con otra cultura, es saber el grado de estupidez que sobrevive.
Porque estupidez hay. No cabe duda.
Es más: admito que se me pueda imputar de estúpido, ya que, cotidianamente, quizás sin intención, perpetro actos que lo prueban.
¡Obeso problema para la convivencia!
Dejará de serlo si cada uno se da cuenta.
¿De qué estupidez hablo? Se suele pensar en la torpeza notable en comprender las cosas; sin embargo, yo agregaría la incapacidad, a veces por apuro o egoísmo, de ejecutar actos elementales.
Por ejemplo usted, lector, viene caminando a paso calmo y de pronto es embestido por una señora gorda como un mamut, tapada de paquetes, que sale sin mirar a los lados de una tienda cualquiera. O imagine que va a sentarse en el ómnibus y otro pasajero lo desacomoda sutilmente con la cadera »perdón», dice el vulgar hipócrita- y le quita el lugar. O piense en esa persona que, mientras disuelve el celular entre boca y oreja, se hamaca de lado a lado y le obliga, para seguir por la vereda, a hacer más finteo que aquel que patentó «Cien gramos» Rodríguez.
Hay ocasiones en que una pregunta simple -«¿Dónde queda tal calle?» o «¿la oficina del Registro Civil es en la otra cuadra?»- recibe la sorda indiferencia del aguardado interlocutor, palabras indescifrables silbadas entre labios apretados de rabia o un «¡andá a manguear a otro lado!», reacción esperpéntica por error de interpretación, que asesina todo intento de diálogo y de acercamiento civilizado.
Según un amigo, todo esto no es estupidez sino la falta de algo muy escaso.
Por eso, con el viento a favor de la reforma del Estado, me instó a proponerle a Mujica una Oficina Nacional del Sentido Común.
No sé. Algo hay que hacer.
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