Mosquitos
¿Quién iba a decir que los mosquitos despertarían entre nosotros un debate?
Se equivoca quien dice, o grita, rascándose a lo loco, que no hay dos opiniones y nadie discute su exterminación. Es el ciudadano que festeja cuando ve a los fumigadores cerca y los acompaña y alienta, igual que a una murga amiga, a marcha camión y al grito de «¡matad, que quedan malditos sobrevivientes!».
Hubo intelectuales de alto vuelo alto como el de estos dípteros de tres a cuatro milímetros de largo, cuerpo cilíndrico parduzco, cabeza de dos antenas y trompa recta con aguijón que dedicaron su vida, incluso con pinceladas poéticas, a homenajear a los insectos que conmueven nuestra vida cotidiana.
Parafraseando a Wimpi, el mosquito fue cantado por Publio Virgilio Marón en «Las Geórgicas». En la misma época, Meleagro de Gadara, enamorado de Zenófila, a la que le era imposible abordar, mandó a un mosquito de su confianza a relatarle su cuita romántica. Y concluye Wimpi, el humorista: «Si no hubiese mosquitos, ¿de qué viviría la gente que hace mosquiteros, espirales y fumigadores?».
Hagamos una reflexión colectiva. Es claro que debemos alejarlos, y en algunos casos asesinarlos, pero ¿sabemos que al dejar sus cadáveres en el suelo no discriminamos entre machos y hembras?
Ah, no es poca cosa. El macho vive de los jugos de las flores; por tanto es, más allá de su incómodo zumbido, un insecto inofensivo, casi un lírico. La que chupa la sangre de personas y animales de piel fina es la aviesa hembra, que causa picaduras molestas y tan dañosas que, si transporta el temido dengue, puede llevarnos al panteón.
¿Una identificación previa? Difícil. No portan cédula de identidad, son prácticamente iguales y allá marchan todos a la parrilla.
Está bien, hemos de preservar nuestra especie. Pena que, al mismo tiempo, destruimos a mosquitos que podrían inspirarnos unas «Geórgicas» o hacernos la pata con la minita esa a la que nos da pudor acercarnos.
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