¿Allá vamos?
Hay escuetos discursos que tienen una propiedad estimulante, como la grapa con berenjenas que toma Ruedita a las ocho de la mañana.
Me alegró saber, por el sobrio verbo del doctor Alberto Breccia, que el Poder Ejecutivo decidió y se intuye que lo hará con la tenacidad del gaucho a quien queda una vaca por pasar la tranquera impulsar la aprobación del nuevo Código del Proceso Penal.
Como se sabe, lo esencial del cambio es que la responsabilidad de la investigación recae en el fiscal, con ayuda policial, que el juez, de todos modos vigilante, impone el justo equilibrio entre acusación y defensa y que los juicios son orales y públicos y, por tanto, más rápidos.
Claro, siempre acecha algún obstáculo.
Breccia dialogará con los técnicos que hicieron el proyecto, de largo sueño en el Parlamento, para comprobar qué se necesita. Luego, recién, hablará con el ministro de Economía.
Ah, porque las disponibilidades no son infinitas.
¡Recursos! ¿Quién olvida que el Poder Judicial carece de independencia económica? ¿Esto se convertirá, otra vez, en una cruzada de audaces caballeros en busca del Santo Grial?
El nuevo Código, de ser aprobado, requerirá de más jueces, fiscales, funcionarios, sedes adecuadas y materiales. Con un presupuesto nacional tan ceñido por otros compromisos y hasta por los cambios de la economía global de la que se depende, uno imagina que alguien, piadoso, pondrá almohadones por allí, aun ajados por el uso, para que la magistratura, por si acaso, espere sentada.
Una cosa es la buena voluntad, la intención de construir, y otra distinta las posibilidades reales de satisfacer cuánto es preciso.
Por eso digo: ¿se camina, sí, hacia la reforma esperada? ¿Se harán las cosas a medias por enésima vez? ¿O nos conformaremos con expresiones entusiastas que rotan, a la manera de un museo que renueva sus cuadros, mientras transcurren otros cinco años durmiendo en el regazo de la esperanza, con credulidad querúbica?
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