El empujador
Dicen arcaicos textos que Dioniso era un dios orgiástico y desmedido antes que Zeus lo dejara en brazos de Sileno para mejorar su educación.
No estoy seguro de que el empeño haya sido exitoso, pues Dioniso, amigo de los desbordes, sólo se habituó, parafraseando a Manuel Vicent, «a ser él mismo dentro de la gran explosión que produce la ebriedad absoluta».
Dioniso, hasta que se supo, chupaba más que Ruedita.
Pero hay gente que embiste no por embriaguez, sino por afán de empujar. Es una característica que adorna a ciertos políticos vernáculos.
Por ejemplo el senador Larrañaga, un hombre probo, del que es imposible sospechar que haya pasado siquiera por la puerta del boliche del Chiquito Otegui. Sin embargo, ha anunciado su intención de dar un topetazo al asunto de la educación. Su idea, que no viene del alcohol ni de una orgía sino de su empuje emotivo, tiene unas peculiaridades conmovedoras, sorprendentes e inesperadas: hablar con Mujica, lograr su aprobación para convocar a los principales líderes partidarios y decidir ya, a secas, las cuestiones básicas acerca de las que haya acuerdo.
Suena a ventarrón que mueve puertas, golpea ventanas y vuela chapas de zinc.
Pero además incita a las interrogaciones: ¿para qué, entonces, trabaja el grupo técnico multipartidario que analiza los cambios educativos? ¿Los profesionales que están ahí se metieron por la ventana? No. Fueron nombrados por Bordaberry, Mieres, Lacalle y el mismísimo Larrañaga.
¿Al senador sanducero le cuesta tanto lidiar con su personalidad guapa, proclive a las embestidas? ¿Quiere borrar a esos técnicos porque advirtió que esto era cosa de políticos, que son más pragmáticos y más rápidos? ¿O es más inteligente que muchos y se vistió de empujador con el astuto objetivo de poner a Mujica en un brete?
Que sacudió el tablero, lo hizo.
Ahora bien, yo declamo como mi amigo el Facha Ruiz: Sólo sé que no sé nada, por lo menos hasta que me tome tres o cuatro.
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