LA COLUMNA AMARILLA

Repoblar

¡A repoblar, a repoblar! Es el grito que el alma pronuncia sobre el estruendo de las campanas del templo de la nueva era.

Puede que sean incontables las veces que he escrito acerca del despoblamiento de la campaña. Simultáneamente, añadí siempre que, si se daba una mirada crítica y sin dogmas al porvenir, el país no sería viable sin que dos terceras partes de su población viviesen ­y lo digo así sólo para fijar un límite simbólico y comprensible- entre el puente sobre el río Santa Lucía y las afueras de Bella Unión.

El presidente Mujica, a quien esta cuestión desvela desde hace años, reavivó una vieja propuesta: traer familias de campesinos, o sencillamente indígenas, de diverso origen, para afincarlas en nuestro campo a fin de que se aboquen a tareas agrícolas y granjeras que han sido abandonadas a causa del éxodo de uruguayos hacia los cinturones de miseria de los centros urbanos.

Una vez más: ¿qué está diciendo? No se importan personas. En todo caso se crean las condiciones imprescindibles para que ecuatorianos, bolivianos, peruanos, africanos, asiáticos y tantos otros adviertan aquí un futuro digno que les impulse a venir.

Pero, caramba, ¡además esto esconde una paradoja! Si se crean tales condiciones ¿nadie ha pensado que el éxodo se detendría? ¿Por qué huyen nuestras familias del campo que las vio nacer y desarrollarse por generaciones? Sencillo y dramático: reciben pagas inmorales, carecen de los servicios indispensables y son dañados sin remedio por la macrocefalia de un Estado que los discrimina y excluye.

Repoblar la campaña es una cosa. Con quiénes es otra, muy diferente, que exige cierta mesura hasta en los enunciados.

¿No se está hablando precisamente de descentralización como una de las vías para cambiar esta realidad?

¿A santo de qué salta y rebota contra las paredes del sentido común esta importación imposible?

¿Acaso el presidente, de tanto nombrar yo a Ruedita, se ha mimetizado en él?

-Se’gual…

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