LA COLUMNA AMARILLA

Sonó el gong

¡A la mierda la concordia!

Abrió la legislatura y enseguida hubo un estruendo. Quizás inesperadamente empezó a resquebrajarse el edificio de la conciliación que Mujica levantó hace meses, acercando a gentes de los otros partidos políticos a la forja del porvenir.

Desde las bancas de diputados y senadores se saltó a un simbólico cuadrilátero, cual si hubiese sonado el gong inicial, a lanzar unos enérgicos mandobles a derecha e izquierda.

Es verdad que el Parlamento es un ámbito de ejercicio del debate. También es cierto que se puede elevar su estatura intelectual y contribuir a un espíritu constructivo que todavía late, o precipitarse a los sótanos de una vieja casona maloliente.

Confesaré, sin pudor, otra cosa: a juzgar por escarceos ocurridos, absolutamente gratuitos, me fue imposible evitar el recuerdo del boliche del Chiquito Otegui, cuando el Negro Collazo, colorado por herencia alcohólica paterna, y el Cascarilla Batista, blanco por elección estética un día que andaba sin lentes, embisten contra Ruedita, que se hizo de izquierda porque ganó una apuesta sobre el equilibrio del peinado de Tabaré Vázquez.

Hay que discutir en el Parlamento. Está en su esencia, sea en los plenarios, sea en las comisiones. Pero se puede fintear a la vulgaridad, al oportunismo chabacano, al mal uso del idioma y a los gestos congelados a un paso del estilo prostibulario.

Así como hay que redactar mejor las leyes para salvarnos de apéndices explicativos que semejan el libro gordo de Petete, es necesario que los actos en tan respetable recinto, más allá de las disidencias inevitables, los presidan la tolerancia, la benevolencia y la urbanidad.

No sea que debamos, usted lector y yo, resguardarnos de las guarangadas y hasta justificar a los incorrectos con aquel atrevido aserto de Camilo Cela: «Quisiera desarrollar la idea de que el hombre sano no tiene ideas sino manifestaciones de un desequilibrio del sistema nervioso».

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