LA COLUMNA AMARILLA

Montaña rusa

La reforma del Estado, reivindicada por Mujica como la madre de todas las reformas, adjetivación propuesta por su antecesor, va camino de parecerse demasiado a una montaña rusa.

A gran velocidad, el carrito que nos lleva a los contribuyentes, conducido por el gobierno a fuerza de unos alegres espasmos, está de pronto en la cima, desciende como si fuera a caer al vacío, luego pierde fuerza y, otra vez de sopetón, renueva su impulso y asciende de modo vertiginoso. Y así, sin solución de continuidad.

Un ejemplo. El presidente, horas antes, drástico, acaba de corregirse acerca del ingreso de nuevos funcionarios públicos y de la probidad de los concursos cual medio idóneo a tal fin: en realidad, lo que habría querido decir fue una cosa diferente de lo que todos entendimos.

El cambio de interpretación, o la contorsión, me permite, sin sarcasmo, una sonrisa: se relevará la cantidad de funcionarios del Estado y sus salarios ­un informe que ya existe­ para después decidir incorporaciones a las plantillas y en qué condiciones, y se trabajará en mejorar los concursos para hacerlos más transparentes.

La reforma del Estado hay que hacerla, claro, pero sin esos sacudones capaces de volver mofletudas las mejillas más endurecidas por el convencimiento.

Otro ejemplo. Habrá noventa y una alcaldías, sistema resuelto antes de que el gobierno convocase a todos los partidos políticos para escuchar, precisamente, sus aportes a la reforma estatal. Aun apartando tan incómodo detalle, hay una especie de agujero negro que puede engullirse las mejores intenciones: ¿qué descentralización es posible, sea cual fuere el mecanismo ideado, sin una razonable autonomía económica?; ¿el presupuesto se lo permitirá a esas alcaldías?

¿Y si bajamos de la montaña rusa, serenamos el pulso y, como diría Epifanio, «damos de nuevo»?

Dicen que acá estamos a salvo de sismos y tsunamis. No sé. Yo me siento a punto de asfixia en tanta verbosidad al santo cohete.

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