Amigos, otra vez
Al presidente electo no lo dejan en paz los amigos.
O tal vez no tenga paz por su propio concepto de la amistad. Es benevolente, amplio, al estilo de Martín Fierro, pero, al mismo tiempo, muy peligroso por los riesgos que implican las suspicacias cuando uno no está en el boliche ni en la barbacoa, sino a un paso del principal sillón de la casa de gobierno.
Primero fueron amigos empresarios dispuestos a una colecta para pagar el acto de asunción, hipótesis que causó una batahola tremenda en el Frente Amplio, hizo salir de sus casillas a dirigentes sindicales y obligó al propio Mujica y a Danilo Astori a cruzar desmentidos.
Al final no quedó claro si la vaquita se hizo y se devolverá el dinero, si se agradeció la intención pero fue desestimada o si con la colecta se pagará el espectáculo de cierre de las solemnidades del 1º de marzo.
Ahora apareció otro amigo, igualmente empresario, quien fue a la congregación Oblatas del Santísimo Redentor, habló con la hermana Lourdes, la fina artesana que elabora las bandas presidenciales, encargó la que lucirá Mujica y la pagó de su bolsillo.
El nuevo gesto amistoso exigió otras aclaraciones de don Pepe: «Lo que pasa es que yo no las conocía a las monjas (…), las trajo él en un auto (…), después se la tenemos que pagar».
De estos asuntos ceremoniales, hace unos años, se ocupaba una comisión designada por el Estado, de cuyos fondos salía el pago. Luego, en una aproximación a la austeridad y la sencillez, aunque los dineros seguían saliendo de la misma billetera, las mujeres que iban a ser primeras damas discutían con Lourdes acerca de las bandas que exhibirían sus maridos.
¿Puede ser que los amigos, de tanto querer ensalzarte, te compliquen la vida? No me ha ocurrido, pero se me antoja sano sugerirle al presidente electo que empiece por hacer una raya en el piso.
A la larga, se aprende a separar lo que, en ciertas circunstancias peculiares, no puede ser entreverado.
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