Luna de miel
Acerca de las lunas de miel hay miles de cuentos y leyendas.
A Ruedita, que sólo se casó una vez, le cayó pesada de modo literal y le duró poco, al punto que se divorció al otro día, diversamente enyesado. La mujer había pedido que la entrara en brazos al cuarto nupcial. El intento resultó traumático: la borrachera estilo hormigón armado que portaba y la obesidad desparramada de su pareja precipitaron un accidente inolvidable y del que Ruedita obtuvo la peor parte.
Claro, ha habido y habrá lunas de miel distintas, de gozo, duraderas.
Muchos se preguntan si estamos asistiendo ahora mismo a una de ellas. Lo han hecho pensar los mimos que el gobierno electo y la oposición están intercambiando, con cierta elocuencia pegajosa, al comienzo de las negociaciones sobre algunas políticas de Estado y la distribución de cargos.
Es verdad, los antecedentes no ayudan: en materia de matrimonios políticos, aun de ocasión, son más los fracasos que los éxitos. Lo prueba la historia. Hay quien dice que esos fracasos son inherentes a una estrategia que, cual huevo de serpiente, esconde iguales dosis de hipocresía, cinismo y ambición.
No soy historiador y mucho menos politólogo, Dios me libre y guarde, así que quizá las cosas sean así aunque no me guste. No obstante, prefiero, ante las circunstancias que como ciudadano me toca vivir, recordar una frase de Juan Luis Cebrián que, asentada en un plural inteligente, debería alentar el esfuerzo constructivo de los políticos: «El futuro no es algo que haya que predecir, sino algo que hay que alcanzar. Tenemos que crear el futuro para el bien común».
O sea que si a uno le toca una esposa pasada de kilos, está también en uno persuadirla de que no es buena idea cargarla para satisfacer su idea de luna de miel romántica a lo Manzanero, a cambio de partirse la cabeza y tal vez no sólo la cabeza, lo que podría, en un caso extremo, ser vergonzoso y sentir la ansiedad de la separación.
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