DIARIO DE CAMPAÑA 26. DEMOCRACIA SIN TECNOCRACIA
En una nota anterior nos referíamos a la responsabilidad que nos compete a todos los militantes frentistas para estos próximos 5 años, en los que debemos ser protagonistas políticos y sustento de nuestro nuevo gobierno, no meros plateístas de la aventura social.
Hoy quisiera referirme a la muy particular responsabilidad que compete a aquellos frentistas que gozan de especial idoneidad o conocimiento en las más diversas áreas del saber, a los que genéricamente llamaré «técnicos», aunque esta expresión sea muy pobre para describir a un gran músico como Fernando Cabrera, por ejemplo.
En mi infancia rochense, un señor muy brillante, ingenierio y economista, fungía de ministro de Economía de la dictadura. El mismo que antes y después fuera numen inspirador de don Jorge Batlle: Alejandro Végh Villegas. Reiteradas veces le oí decir que si en la economía uruguaya algo andaba mal, se debía sin duda a factores exógenos. Salí reiteradamente a preguntar por el barrio y nadie había visto jamás un factor exógeno caminando por ahí, ni siquiera en viernes de luna llena. Hube de recurrir, como sanamente me inculcaron mis padres, a un buen diccionario. Y allí me enteré que, exógeno, por oposición a endógeno, es algo cuyo origen es exterior al sistema de referencia. Traducido al rochense, don Alejandro nos decía que si la plata a más de siete no le alcanzaba para nada, era debido a las macanas de algún otro por este ancho mundo, y no por culpa suya, o de sus patrones de bayoneta y botas al tono.
Años después, en el primer gobierno del Dr. Sanguinetti, el ministro de Economía Zerbino, al ser interrogado por el crecimiento de la inflación, serenó al pueblo entero al explicar que si bien esto era cierto, el ritmo de crecimiento de la inflación era cada vez menor, es decir que la presión de los precios se desaceleraba, que en definitiva la derivada primera de los índices de precios al consumo (inflación) crecía, pero su derivada segunda (aceleración de precios o velocidad inflacionaria) disminuía. Para ese entonces, yo ya era estudiante universitario. Entendí lo que dijo y lo que quiso decir, al igual que cualquier estudiante de ingeniería o ciencias económicas. Pero, sin duda alguna, la mayor parte de la población no entendió ni jota de por qué era que las malditas derivadas segundas no le dejaban comprar un buen asado. Allí vi sobrevolar el espíritu de don Alejandro Végh Villegas y sus factores exógenos, trasmutados en derivadas segundas, para la ocasión.
Ambos casos constituyen ejemplos paradigmáticos de la actitud del tecnócrata, pecado imperdonable en un técnico al servicio de su pueblo: hablar en difícil y hacer difícil lo sencillo, cosa de parecer muy inteligente y que nadie entienda o pueda retrucar. Uno podría haber dicho que la economía uruguaya sólo podía sufrir coletazos de los problemas de otros países y el otro haber aceptado que las cosas salían cada vez más caras, pero que esa tendencia al encarecimiento se estaba frenando y que esperaba que pronto dejaran de hacerse más caras cada año. Ambos se hubieran hecho entender hablando de esa manera. Pero claro, ambos habrían dado lugar a que el ciudadano pusiera en cuestión sus afirmaciones, dudara si eran realmente ciertas. En cambio, hablando en jeroglíficos técnicos, sólo unos pocos iniciados entenderían, y la mayor parte guardaría una silenciosa incomprensión.
El deber de un técnico, particularmente de un técnico de izquierda, es explicar lo complejo de la manera más sencilla posible, a diferencia de tecnócratas como los citados, que hacían complejo lo sencillo. Lo primero genera ciudadanía, amplía las posibilidades de discusión democrática, genera conciencia y fomenta decisiones colectivas y responsables. Lo segundo limita las elaboraciones a un círculo privilegiado y refugia en argumentos de autoridad académica la exposición a la contrastación con la vida real del ciudadano concreto. Esto es la tan mentada y repugnante tecnocracia, que tanto mal ha hecho por estas tierras.
Todo técnico frentista, para ser una palanca de la participación y protagonismo de la militancia en el gobierno por comenzar, debe ser un cuidadoso divulgador de sus saberes entre la militancia, de manera que las discusiones políticas sean cada vez menos sobre dimes y diretes, sobre los aspectos más anecdóticos de la vida política y cada vez más sobre el fondo. Cómo se distribuye el poder, los recursos, las capacidades, las oportunidades, de manera democrática, sensata y sustentable. Y aceptar, con genuina humildad, que el militante que tiene en frente, bien puede ser más inteligente que él, o conocer un millón de cosas que le puede enseñar y mucho. El socialismo de los saberes y pensares preanuncia cualquier socialismo digno de vivirse.
Esto no debe ser visto como una invocación a la demagogia o al facilismo. Muy por el contrario. Esto no significa que dé lo mismo decir cualquier cosa, porque dos más dos es cuatro, no cinco ni veintitrés. Significa que para que en el mundo complejo de hoy la democracia sea efectiva, real, y no mero ritual de voto o acto público, el ciudadano debe comprender cuestiones básicas de economía, tecnología, historia, biología, química, mecánica, música, etc. Si no, o se queda afuera de la discusión o debe hacer acto de fe en algún tecnócrata iluminado.
El saber colectivo debe ser una obsesión, no por academicismo, sino por ser genuino potenciador de la democracia.
En estas páginas el senador Fernández Huidobro ha discutido varias veces temas como energías alternativas, o la batalla por el litio boliviano, y ha invitado a discutir sobre las políticas respecto a la banda ancha, al complejo logístico, portuario y rutero, etc. Ese es un buen ejemplo, de un político al que nadie puede suponer en las nubes de la vida académica, pero que se compromete en estudiar, entender y compartir, de la manera más sencilla y clara posible. Ese era también el espíritu del ilustre ingeniero José Luis Massera, uno de los más brillantes matemáticos de América Latina en el siglo XX y referente de primera línea del Partido Comunista del Uruguay, que escribió de manera sencilla y amena su inolvidable «Manual para entender quién vacía el sobre de la quincena», donde la plusvalía y la teoría del valor marxista se hacían realidades concretas y palpables. Distintos sectores y estilos, un mismo y recomendable espíritu de comunicación, como hay otros, por suerte, en diversos rincones de la amplia bandera de Otorgués.
Tenemos entonces muy buenos ejemplos y referencias. También, de vez en cuando, justo es decirlo, aparece algún compañero un poco tentado a reducir la política a la reiteración mecánica del discurso sectorial o a la inquietud casi exclusiva sobre quién ocupará qué cargo. O algún otro seducido por la belleza de sus propias palabras y no por el impacto posible de su contenido en la vida real de los demás. Pero sinceramente creo en nuestra capacidad como colectivo, como frentistas, de compartir abiertamente preguntas y saberes.
Porque nadie sabe todo y entre todos sabemos mucho. Porque el mundo es complejo, cada vez más, pero entre todos, desde todos los abordajes disciplinarios, lo podemos hacer más sencillo y humano, más nuestro.
Para todos los técnicos frentistas, no puede haber variable exógena que los maree ni derivada segunda que los tuerza. Para toda la militancia frentista, no hay motivo para dar por buena ninguna explicación porque la dice algún encumbrado personaje, si no es convincente. Entre unos y otros debemos hacer verdad, desde el pensamiento profundo y el hablar claro, el mandato histórico que nos guía desde lo mejor de nuestra historia: ser tan ilustrados como valientes.
Ni una pizca de tecnocracia y cada vez más amplia y profunda democracia. Desde algún lugar del firmamento de la historia, si así procedemos todos, el general Seregni nos estará sonriendo y alentando, con la certeza de que su luz puntual ilumina nuestras mentes y corazones.
|*| Matemático
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