LA COLUMNA AMARILLA

¿Por qué?

¿Cuánto resistirá el cooperativismo de vivienda al virus que lo ha atacado?

Dicen que un virus muta al menos cincuenta veces. ¡Qué peligroso! La más reciente mutación de este es una forma de desconocimiento o, tal vez, de negación; ante problemas para los que el cooperativismo es la solución se le descarta, se le olvida o se le desconoce.

Ahora mismo gente del gobierno electo vende la idea del voluntariado para resolver esa crisis habitacional que se representa, en la peor de sus caras, en los asentamientos. La senadora Topolansky, por ejemplo, ha convocado a una cruzada de voluntarios, con donación de horas de trabajo, para construir viviendas allí.

La forma que ha sugerido merece respeto y no es imposible, pero convida a sospecharla de ingenua.

No es esa supuesta ingenuidad, sin embargo, lo que más inquieta. La interrogación que estalla de inmediato, como una bomba de relojería, es por qué no se apela a las cooperativas de vivienda, sobre todo si se tiene en cuenta su exitosa experiencia de décadas en ayuda mutua, desechada lamentable y progresivamente por los gobiernos que epilogaron a la dictadura, incluido el actual.

El cooperativismo educa, forma culturas como la solidaridad y cumple una función profundamente transformadora. Más aún: en los países donde se le ha dado apoyo su colaboración provechosa con el Estado es cada vez más estrecha.

Aquí estamos esperando por la nueva ley general de cooperativas, después de que una comisión del Frente Amplio estudiara por años su composición. Mientras tanto, este valioso sistema vive la pesadilla de ser convertido en una perfecta fisonomía que todos alaban mientras, subrepticiamente, una mayoría se preocupa de hacerla olvidable hasta que se llegue a pensar que nunca existió.

He visto a demasiados políticos, cada vez que se habla de cooperativas, puestos de perfil y de labios apretados. ¿Por qué?

-Te curra’ con l’utonomía pero no se come’ lo’ moco’ ­dice el Negro Collazo.

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