Todo cambia
Cuando accede al recalentado sillón del gobierno, siempre mullido a la distancia pero de resortes rebeldes e incómodos en la cercanía, uno sube a la realidad.
Hay, entonces, un cambio.
Claro que no ha cambiado Astori. Viene del gobierno y volverá a estar en él; conoce la distancia entre la tribuna y el discurso de barricada y las exigencias inexorables de una administración pública sana, para que el país crezca. Ni siquiera tuvo que sentarse en ese sillón; le bastó un lugarcito al lado.
Caso distinto el de Mujica. Ha logrado, luego de una saludable contorsión al menos verbal, elaborar un discurso que hizo una suerte de milagro a la parrilla: lo aplaudieron empresarios de aquí y llegados de afuera, e hicieron igual, saludando unas tal vez inesperadas coincidencias, los líderes de la oposición.
¡Como para no lanzar el proyecto del porvenir!
A nada de lo dicho en Punta del Este, analizado desde el punto de vista de la sensatez política y económica, y hasta de la lógica analítica, se le puede poner en tela de juicio; ahora bien, no han faltado quienes buscan la quinta pata del gato o echan hacia adelante, con espíritu muy poco constructivo, viejos escudos de pelea. Así hacen hoy los sectores radicales de la mismísima coalición progresista.
Por eso, mientras una gran mayoría celebra que el presidente electo haya dicho que el trabajo es consecuencia de la inversión, y que los inversores no serán perseguidos por expropiaciones ni cataratas impositivas, algunos toman esos mismos enunciados para abrir un extraño debate: ¿Mujica se aleja de la izquierda? ¿Adónde quedó aquello de que aporten más los que más tienen? ¿Nos amigamos con el mercado, fantasma de la ópera que nos persiguió durante décadas?
Quizá sean visiones cortas. No sé. Tendrá que resolverlo el propio Frente Amplio en su interna. Pero el pragmatismo ya sacó la cabecita por encima del corralón de las consignas arcaicas.
Eso sí: el futuro no admite cojeras.
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