La cultura
A veces, si se analizan circunstancias comunes en el país, se advierten diferencias entre una majestuosa, admirable verbosidad y la tenacidad de los mayúsculos obstáculos que pone la burocracia oficial.
Un ciudadano uruguayo que volvió del exilio luego de haber vivido veinticinco años en Australia tuvo la idea, acechada ahora por el fúnebre presagio de haber sido muy audaz y, paradójicamente, ingenua, de construir un gran centro cultural multidisciplinario en Montevideo.
Adquirió una amplia propiedad y puso manos a la obra. Lleva en el empeño, que pensó duraría seis meses, más de tres años. En ese lapso rebotó más que una pelota de básquet en manos de Leandro García Morales.
Ese centro, si se termina, recibirá apoyo del gobierno y de gestores culturales australianos, en una retroalimentación que beneficiará, incluso, a jóvenes talentos en formación. Australia invierte millones de dólares en cultura en Europa, América del Norte y Asia. Sería su primera inversión en América Latina.
La cuestión es que el centro se haga realidad, porque las dificultades y la indiferencia con que se ha encontrado este creativo ciudadano dejan ver un mecanismo público atascado, viejo, apenas con un barniz de diplomático disimulo.
Nos rodean, sin duda, reflejos engañosos.
El discurso oficial habla de un desarrollo de la cultura, en su acepción de expansión social y disfrute de las artes, pero los consiguientes hechos lo contradicen. Las disculpas se parecen a los pretextos a que apela Ruedita para no pagar ni una copa de las docenas que al día le sirve el Chiquito Otegui: no hay recursos, las prioridades son otras, esto es para más adelante.
En los hechos la iniciativa pública es escasa y los empresarios privados colaboran poco; entonces, el rostro del supuesto derrame cultural en la comunidad tiene la papada sobre el pecho de tan estirados y caídos sus rasgos.
Parece una vieja curandera de Carreta Quemada, entrando, a la izquierda.
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