Tirador
A Mujica pudieron llamarle tira bombas. No sé antes, pero ahora tira ideas. Estaría bien si les quitase ese ligero empaste de meros enunciados y dibujase con más precisión el camino que quiere seguir para el objetivo propuesto.
No sólo revolvería el avispero sino que, con viento a favor y evitando el freno de la duda o la incomprensión, exigiría al mundo político a debatir de inmediato.
Ahora introdujo la eventual modificación del Derecho Público, un asunto tan grande y complejo que parece un ruido cercano e indefinido que causa recelo o temor. Sin embargo ha tenido una virtud: obligó a unos cuantos líderes de la oposición a decir algo; como nadie quiere dejar de responderle, porque las circunstancias no aconsejan la inexpresividad, confortable en otros momentos, el apuro permite descubrimientos que causan la perplejidad del despertar.
Lacalle, por ejemplo, pasó una factura amarillenta, tras veinte años del fracaso de su proyecto de ley de empresas públicas, y sorprendió aconsejando «incorporar a los trabajadores» al debate, «porque nunca nadie les preguntó si tal o cual trámite o funcionamiento están bien o mal». Además de que esa afirmación es una verdad a medias, ya que al menos corporativamente los funcionarios públicos han opinado, habría que preguntarle por qué él, en su momento, tampoco lo hizo.
Pero, claro, este hábito de Mujica de tirar ideas a la brocha gorda, aparentemente cual incentivo intelectual, causa cierta incertidumbre, aunque hasta la incertidumbre puede ser vista con esperanza o con desánimo, ya que hay de todo en la viña del Señor.
De todos modos, la sobreabundancia es decir, si se tira demasiado, tipo ametralladora del pensamiento de alta velocidad suele enloquecer a la brújula de lo esencial.
Algo así como ocurre con Epifanio jugando al truco cuando está picadito. Si le toca ser mano, y apenas ve las cartas, grita «¡falta envido y truco!».
Ni consultó al compañero y puede tener veintisiete.
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