LA COLUMNA AMARILLA

Sensibilidad

Cada cual con su bolsita va a la feria y lleva lo que puede.

Sucede igual a lo largo y ancho de la vida cotidiana, casi como una cuestión de fortuna, de buena o mala suerte donde en nada participa la voluntad del ciudadano; por ejemplo, ocurre con la atención de la salud: la chismosa se repleta o se vacía por obra y gracia del azar.

Más allá de la reforma, un armatoste institucional y administrativo aún no terminado, nadie ha podido echar de su alrededor la sombra de la despreocupación y de la insensibilidad de muchos médicos, y sobre todo de ciertos especialistas, por los padecimientos del paciente: para comprobarlo basta visitar con frecuencia una mutualista o un hospital público, así como leer en los diarios miles de cartas de gente indignada.

Ciertamente, no es una regla general. Conozco excepciones dignísimas y les brindo mi respeto. Pero van achicándose quizás hasta parecer residuos de lo que fue alguna vez. Se me antoja que, sea por las razones que sea, aquella cercanía afectuosa que el enfermo necesita no se da en demasiados casos; tampoco la atención precisa, sin distracciones, intensa del profesional en la observación de la totalidad de la persona que ha ido a su consulta.

Quien va a visitar al médico es un todo, no una suma de partes que pueden separarse sin provocar consecuencias indeseables.

Se me antoja que, además de las influencias de la velocísima y exigente vida moderna, el problema está en la formación. Se da prioridad a la especialización ­al modo que Juan Marsé calificaría «de personajes para hablar de pie junto a un piano de cola y a un candelabro»­ y no a los médicos generales, a quienes antes llamábamos «clínicos» y hoy se denominan «de familia» o «comunitarios».

Así nos va. A nosotros y a los mal formados. La única diferencia a nuestro favor es que hemos aprendido, antes que la verdura o la fruta caigan en la bolsita, a comprobar su calidad y, si corresponde, devolverla y reclamar.

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