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FRENTES AMPLIAS

Pensar la historia como sucesión de relatos y enfatizaciones que disputan asignación de sentido y construcción de hegemonía, permite también concebirla, contrariamente, como ristra de omisiones e indiferencias que, sin embargo, persiguen idéntico propósito. Contracaras inescindibles de la moneda única que rige la vida de los intercambios comunicacionales, culturales y políticos: el lenguaje y sus intrincados laberintos, sus posibles luminiscencias y sus huecos umbríos.

Todo relato es siempre relato del poder, ya sea hegemónico o alternativo, ya sea más concentrado y personalizado o distribuido y colectivizado. Y su imperio es cotidiano, omnipresente e irrenunciable. Rige desde el grito de rebeldía ciudadana, la íntima declaración de la ternura, hasta el silencio dócil del telespectador. Todos participamos de esta escena, como podemos, con mayores o menores armas o recursos, con mayor o menor conciencia del rol que personificamos. Las efemérides no desactivan la querella. A lo sumo la circunscriben ciñendo algunos límites de la arena histórica, o si lo expresamos en términos más coloquiales, de la cancha temática y la pelota ideológica.

No deberá extrañarnos que la prensa hegemónica internacional ningunee el aniversario natalicio del Frente Amplio uruguayo, aunque constituye una curiosidad mayor que también lo haga la prensa local dominante, a la que parece costarle admitir hasta la propia superación del bipartidismo poscolonial y la pretensión política frentista de construcción de un Uruguay realmente descolonizado. Por eso señalaba en el párrafo anterior la potencia de la omisión como instrumento de lucha hegemónica. Nombrar obliga a trascender la epidermis de lo nominado adentrándose en la encarnadura valorativa, el análisis y la vivisección. Su antítesis es el silencio, no la negación polémica porque ésta inaugura el reconocimiento dialéctico del objeto y su necesario devenir.

Sin embargo, este campo de batalla no es sólo local sino más ampliamente internacional en general y latinoamericano en particular, ya que por el momento sólo en este hemisferio se juega la posibilidad cierta de comenzar a revertir, aún sólo incipientemente, la barbarie neoliberal. Y en este escenario más amplio es donde se percibe una anemia reflexiva, una desconexión intelectual, una distracción ejemplificativa y crítica de las izquierdas y los progresismos. Resituando el contexto, la lucha no es entre derechas indiferentes e izquierdas que valoran, asimilan y sistematizan experiencias para abonar sus propias estrategias de construcción, sino entre grados diversos de cierta indolencia, la naturalmente previsible renegación derechista pero también la de izquierda, disimulada en ombliguismos y abducciones proteicas.

Pero en mi opinión hay dos razones que la justifican. La primera es que hay algo de responsabilidad en la propia izquierda uruguaya respecto a este «aislamiento», que amerita en consecuencia discutirlo aquí. La segunda es la naturaleza intrínsecamente global, hasta el límite de las fronteras idiomáticas, que las nuevas tecnologías aportan a los medios escritos de comunicación, internacionalizando el debate.

Descarto por completo cualquier razón de magnitud en la ponderación de la experiencia frenteamplista. El Falansterio de Fourier o la experiencia cooperativa de Owen, constitutivas del llamado (de forma lamentablemente peyorativa) «socialismo utópico», no son conocidas por haber sido grandes o influyentes, sino por plantear rupturas originales y críticamente reapropiables por experiencias superadoras. Del mismo modo que la experiencia del presupuesto participativo en la ciudad de Porto Alegre bajo la prefectura del PT de Raúl Pont no adquiere valor por la dimensión de la ciudad sino por haber implementado formas inéditas de democracia directa en decisiones ejecutivas y consecuente movilización, participación y politización ciudadana, en dirección a la construcción no delegada de su propio entorno y destino. Dicho sea de paso, las futuras intendencias frenteamplistas deberían estudiar con mucho detenimiento esta experiencia, con sus claroscuros, para darle un carácter más vivaz y efectivo a la mecánica adormecida y formal que hasta ahora ha adoptado la versión uruguaya de esta experiencia.

Toda práctica local o nacional crítica, experimental y rupturista es particularmente panizquierdista. Desde la Comuna de París y la I Internacional hasta las acotadas de hoy, con todas sus limitaciones pero a la vuelta de nuestras esquinas. Y la del Frente Amplio (originalmente como instrumento político de disputa, y actualmente de gestión) lo es más aún por ser una de las contadísimas experiencias históricas de confluencia de organizaciones sindicales, movimientos sociales, intelectuales y vanguardias políticas, como en su momento lo fue la AIT. Su sólo sesgo alternativo respecto al vanguardismo mesiánico y su eficacia para la construcción de poder contrahegemónico, ya merece una mirada detenida. Podrá suponérseme una intención extrapoladora de esta experiencia. Tal vez en parte la haya, al menos como intención superadora, tanto de la amorfa silueta de la multidiversidad política cuanto del simplismo autoreferencial y el sectarismo. Creo que el reconocimiento internacional del FA al que alude Baráibar en la contratapa de ayer es, lamentablemente, sólo retórica o diplomacia.

El respeto por la diversidad de intereses e identidades de los movimientos sociales no puede llevar luego, como sucede en los Foros Sociales mundiales, a una indefinición política constante, un espontaneísmo e independentismo que cuando construye o compromete apoyos lo hace por oleadas espasmódicas. Tampoco a una verticalización y delimitación de arriba a abajo como la autodefinida construcción del socialismo del siglo XXI o la fundación de la V internacional, porque lo único que logran es aumentar la confusión, la polisemia del buscapiés y el manoseo de ideales y experiencias que exigen balances detenidos como los de los significantes «Socialismo» o «Internacional». Este reencuentro latinoamericano con la pasión erótica, en el sentido de pulsiones vitales opuestas a las prácticas políticas tanáticas, no pueden desembocar en la eyaculación política precoz de una etiqueta. Se trata de recuperar las experiencias pasadas (del socialismo real y de las cuatro internacionales) no de ocluirlas con un imaginario de borrón y cuenta nueva.

Lejos de estar resuelto teóricamente (y consensuado políticamente) qué sería un socialismo o una internacional hoy, contamos con algunas respuestas provisionales sobre qué podría comenzar a oponerse diametralmente al «pensamiento único». Cuando Ignacio Ramonet lo definió a mediados de los ´90, remarcó particularmente la existencia de un nuevo evangelio, una suerte de catecismo oscurantista, articulado por un nuevo dogmatismo globalmente común, resguardado por «un invisible y omnipresente policía de la opinión». Algo que «ahoga toda tentativa de reflexión libre» ya que (según su autor) «es tan potente que un marxista distraído no lo cuestionaría: la economía supera a la política». Ese principio general es complementado con formulaciones contundentes de simple digestión por el hígado ideológico, es decir, por el sentido común: la ideolatría del mercado, la liberalización y desregulación de toda restricción al capital, la privatización irrestricta de toda la vida económica, la indiferencia respecto a la destrucción de la naturaleza (Le Monde Diplomatique, enero 1995). La derecha se organiza en torno a programas y consignas simples, destaca discutibles logros y encubre fracasos y tragedias sociales y coordina esfuerzos internacionales (desde Davos a los encuentros de Vargas Llosa).

Por último, no es tampoco la eficacia (electoral o reproductiva) el argumento que me llama a reclamar la atención hacia la experiencia frentista. En primer lugar porque no es tan lineal. El FA viene de dos derrotas que va a ser casi imposible revertir, como los plebiscitos re
cientes o el ominoso veto presidencial a la despenalización del aborto. En segundo término, porque ciertos malestares parecen expandirse (como señaló Constanza Moreira en este espacio) cada vez que aparecen conflictos, ya que queda preso de cuestiones de principios que se superponen a aspectos de eficacia en las reglas de juego (como la reaparición de hecho de la ley de lemas) que repudia pero no puede modificar.

No quisiera terminar estas líneas sin mencionar la responsabilidad local que insinué. A diferencia del PT de Brasil, donde no sólo (a través del bloque 113) los intelectuales jugaron un rol fundamental en la fundación, continuidad y construcción, en Uruguay, a pesar de contar el FA con la casi absoluta adhesión de los intelectuales, no existe articulación alguna y por lo tanto organicidad en sentido de Gramsci y hasta de campo en sentido de Bourdieu.

En estos 39 años el Frente viene aportando tintas indelebles de muy diversa coloración con la que se imprimen esperanzas y desazones varias. Su caudal no sólo reclama plumas sino frentes amplias.

|*| Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires,   escritor, ex decano.

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