Escrito por: Tercera época Por Antonio Pippo
Algo escribí yo, hace unos días, acerca de los costos que tienen las resoluciones que son garabatos, no firmas claras. Analizaba entonces complicaciones que, inesperadamente para muchos, trabaron la designación rápida del candidato del Frente Amplio a la Intendencia de Montevideo.
La cuestión se zanjó de un modo un tanto rocambolesco, con la renuncia de Carlos Varela a su postulación, la frustración atronadora de Daniel Martínez y del Partido Socialista y una votación masiva por Ana Olivera, carta que de la manga sacaron de apuro Mujica y Astori con apoyo de los comunistas.
Claro que triunfó la disciplina. Claro que puede invocarse a la unidad y el haber dado cumplimiento a esos intrincados mecanismos internos. Pero no se puede tapar el sol con un par de dedos.
Una cosa es hallar una salida y otra muy distinta que lo ocurrido en el proceso un neurótico anadeo de astucias políticas cruzadas no deje costos. O heridas abiertas y al sol.
Nada tiene que ver Olivera, una persona con conocimientos del quehacer municipal y muy responsable. El grano entre las nalgas es la forma como obtuvo el privilegio de asumir la candidatura, demasiado parecida a las esculturas de Chamberlain, hechas con pedazos de automóviles destruidos.
A Daniel Martínez, que venía embalado, le levantaron un paredón y no tuvo otro remedio que detenerse.
Ah, pero no es cosa de comparaciones: a quien sabe entender no debo explicarle que no se trata de probar que Olivera es la mejor, ni por qué Martínez aventajaba a Varela. El problema está en la forma. Las negociaciones, exhibidas tan corteses al exterior, fueron durísimas en la interna.
Otra vez vimos el carrusel de las pulseadas, la búsqueda del poder, las alianzas y las conveniencias del momento y hasta en perspectiva.
¿A qué mentirse? Habrá costos a pagar y quedarán heridas abiertas al sol.
¿Por qué no empezar ya a construir un sistema de elección sin tantos laberintos y menos propicio al manoseo?
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