LA INTENCION

Si usted deambula por un mundo abandonado, destruido, desolado y de pronto descubre un jardín, tendrá la seguridad de que por ahí vive alguien consciente o, por lo menos, una conciencia. Incluso ese jardín podrá estar inacabado o no ser perfecto pero aún así mostrará con evidencia la intención de algo o de alguien.

Usted podrá estar totalmente aislado por muchísimos años pero si oye de pronto el ruido de una rueda en la grava de un camino adivinará la bicicleta y por lo tanto, a esa altura increíble, la presencia de un ser humano. Ello será así desde que en la naturaleza, no se sabe bien por qué, todavía no se inventó la rueda: no hay un solo bicho que las tenga.

Para tratar de explicar el peliagudo concepto de «entropía», ciertos valientes divulgadores científicos utilizan ejemplos que vienen al caso: si usted deja caer un vaso en el suelo, verá que se hace añicos. Pero nunca verá que de la misma manera muchos pedacitos de vidrio tirados al suelo se vuelvan vaso.

Si usted ve en un supermercado una gran cantidad de tarritos amontonados en alta pirámide uno sobre otros, concluirá que alguien o algo los ordenó de esa manera, pero también podrá concluir, a poco que lo piense, que si pasa el tiempo, la única tendencia posible será que los tarritos se desparramen volviendo al estado anterior.

Nunca podrá pensar que los tarros del supermercado, se ordenarán a su antojo en otra pirámide. Pareciera que las cosas organizadas se mueven en cierto sentido exclusivo.

Dicho de otro modo, la tendencia es al desorden (o a otro orden) y a la dispersión. Eso, aunque parezca mentira y según dicen, tiene enorme importancia en la termodinámica y en muchas otras cosas de variado tipo. Alegan desde altas cumbres científicas que lo señalado constituye una ley.

La espesa cháchara propinada y por la que pedimos disculpas, viene a proponer o por lo menos a postular que todo orden u organización social (por ende incluye a las políticas) tiende a lo mismo. Y que ello también obedece a la ley citada.

Deje usted un jardín abandonado y verá lo que pasa al tiempo. O deje la bicicleta a la que basta con no darle pedal para que no haga ruido en la grava de ningún camino.

Ponga usted en la probeta de su laboratorio un Estado o un Partido y espere. Observará que si no disponen de una conciencia o una intención enérgicas tenderán forzosamente al relajo, el desorden y la dispersión «volviendo» a su estado anterior y aún peor muchas veces.

Sospechamos muy fuertemente que el ser humano obedece también a la comentada ley por lo que si su conciencia e intención no operan enérgicamente le saldrá al pobre tipo, y casi de inmediato, la bestia de adentro.

El Estado batllista cuando era nuevo era flor de Estado. Pero por diversas razones lo agarró la entropía. Casi todas ellas provenientes de las entropías individuales de los uruguayos. Porque para que haya coima se necesitan por lo menos dos. O para que haya «acomodos» de los más variadísimos tipos.

Y si no alcanza, ponga usted en la probeta una sociedad socialista y agregue la ausencia o el asesinato de las condiciones citadas, verá que con el tiempo aparecerán la policía secreta, Stalin y el capitalismo (valga la triple redundancia). Y aparecerán no por exclusiva culpa de ellos sino por la de muchísimos.

Hitler tampoco se inventó solo: lo fabricaron multitudes.

Por lo que se debe concluir en estricta lógica que un jardín, un Estado o un Partido no pueden ser solamente una forma organizativa, un estatuto o una constitución.

Deben ser para todos los casos habidos y por haber, una conciencia y una intención militantes que, por eso mismo, apliquen a tiempo y en forma, los cambios necesarios para que el programa y los objetivos finales no sean malversados.

Atarse ideológicamente a formas y reglamentos. Atarse al statu quo, hiede. Atormenta con su olor insoportable a una entropía fatal de atraso y retardo reaccionarios.

A Uruguay como organismo y como proyecto le ha venido pasando lo mismo.

Por todo eso es vital cultivarse: todos somos un jardín o un abismo.

Pero podemos optar.

Los fenómenos citados provienen de cada uno de nosotros y por lo tanto de multitudes. Es imposible pretender un jardín afuera con un pantano adentro.

En este último caso, y fatalmente, el jardín será totalmente imposible por ausencia militante.

Parece como que Dios implantó la ley universal de la entropía dejando a nuestro libre albedrío vencerla o no.

Aunque también es verdad que todo lo sucedido en el universo, desde el principio hasta hoy, fue funcional al nacimiento por lo menos en un punto de la inmensidad, de la conciencia. Ella no hubiera sido posible si no hubiera sucedido todo lo que sucedió. Ahí podría estar la inmerecida misericordia divina.

Muchos ecologistas extienden y con razón lo anterior a todo el planeta o por lo menos a su biosfera. Llegan a sostener que fue la vida misma desde las más primitivas bacterias hasta nosotros, la que construyó paso a paso las condiciones materiales para la vida en una lucha despiadada y sin cuartel contra la entropía que ahora, y como es bien sabido, estamos destruyendo, haciendo todo lo posible para volver la vida imposible.

Ven en ello una deslumbrante intención por lo que parece difícil escapar a las conclusiones religiosas. Aunque lo intentan. Ya Einstein dijo que lo percibible en el universo no podía ser obra de la casualidad.

Esta nueva parrafada de la cual también pedimos disculpas viene a sostener que en materia de reforma del Estado la propuesta consiste entre otras cosas en decidir que dicha reforma tendrá carácter permanente. Ininterrumpido con lo que de ese modo se podría caracterizar un nuevo «modelo» de Estado.

Hacerla extensiva a cada uno en particular y a cada organización de cualquier tipo es asunto particular pero imprescindible.

*| Escritor, senador de la República.

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