LA COLUMNA AMARILLA (Tercera época)

Vejez y libertad

Esperó el momento oportuno, saltó un muro y se fue.

Tiene 85 años y buscaba la libertad. Tomó un ómnibus, bajó en el Puente del arroyo Carrasco, llegó a la playa y durmió feliz, bajo las estrellas. Al otro día vino a LA REPÚBLICA, contó su peripecia y pidió que le ayudaran.

Este hombre vive en un hogar para personas viejas y solas. Es un hogar que cumple con los requisitos exigidos por el Estado, según comprobaron el Mides y el BPS. Sin embargo, para él ­de quien los médicos han dicho que no puede estar solo­ es una cárcel y no quiere volver, aunque por razones obvias hubo de regresar. Mientras tanto, sin posibilidades verosímiles de darle esa libertad que desde la mirada y con todo el cuerpo el anciano seguirá buscando hasta su muerte, los servicios sociales estudian un caso tan conmovedor preguntándose cuántos otros alientan el mismo deseo de evasión para que, mientras caminan, el sol, el viento y la lluvia, y hasta la muerte, les acaricien como una redención.

No es un enfermo psiquiátrico. En todo caso hay un desequilibrio, que una sociedad tan conservadora como la nuestra expone dramáticamente, entre su anhelo existencial de libertad y las reglas de un sistema de contención que son crueles. No se trata de una crueldad intencional, aunque haya por ahí quienes sí inflingen daños. Ocurre que el sistema no ha sido creado para el amor y se ha habituado al gris del desafecto y de la indiferencia. Es semejante a una persona que, aun vista de espaldas, revela pesimismo, hastío.

¿Quién dice que esto es sencillo? Nadie. Por eso mismo ­vea, lector, qué paradoja­ las necesidades de la vejez, incluso permitirle el desparpajo de la exención de etiquetas y regímenes, se han olvidado entre tantas políticas de Estado que quitan el sueño de los políticos.

Este hombre, más allá de la tristeza de su realidad, es un ejemplo del tenaz espíritu de libertad que, gloriosamente, sigue haciendo latir el corazón del mundo.

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