DIARIO DE CAMPAÑA: SE ACEPTAN DEVOLUCIONES
En estos días, me sorprendió inexplicable la omisión de la ayuda humanitaria cubana en el informe de la mayor parte de la prensa de los EEUU sobre la desgarradora tragedia de Haití.
Y más insólita me pareció la inclusión, por parte de los EEUU, de Cuba en la lista de países calificados de terroristas.
Como me resulta inexplicable que permanezcan cautivos en territorio americano cinco ciudadanos cubanos que sólo defendían su pueblo, mientras que un autor de atroces atentados con bombas es protegido por el gobierno americano. Como me indigna que, pese al público reconocimiento del reciente Premio Nobel de la Paz Barack Obama, de que el bloqueo a Cuba debe terminar, se siga asfixiando a mis amigos, a mis hermanos: al concreto y real pueblo cubano. El que como usted y como yo, ni ganará el Premio Nobel de la Paz ni es terrorista y sólo quiere vivir en paz y con dignidad.
Pero vayamos por partes. Cuba presta asistencia sanitaria a Haití desde hace 12 años, con 344 médicos y paramédicos cubanos, que fueron los primeros en montar hospitales de emergencia tras el sismo.¿Qué grado superlativo de la mezquindad ha permitido al gobierno de EEUU, que alivia el dolor haitiano con portaaviones (costo de operación: dos millones de dólares diarios) y tropas, negar y desconocer los médicos y asistencia humanitaria cubana?
Todos los días, en la ficción de Hollywood, o en reportes desclasificados de la CIA, descubrimos la presencia de agentes de los EEUU cumpliendo misiones «undercover» en territorios enemigos (realmente, supuestamente o preventivamente enemigos). En las películas, dichos agentes son los héroes, salvaguarda de la libertad en el mundo y, naturalmente, de la seguridad de los «ciudadanos e intereses americanos». Este poderoso imperio, que ha invadido directamente entre otros a Guatemala, Granada, Panamá, Afganistán, Irak y que ha acosado a permanencia de Cuba, tiene pues derecho a derramar por el mundo a sus ciudadanos sofisticadamente armados y entrenados, e incluso desarrollar acciones violentas como asesinar o volar por los aires a quien se decida. El mismo derecho que tal parece asistió a Luis Clemente Faustino Posada Carriles (comisario Bambi, nacido en Cuba, ciudadano venezolano), quien, junto a Orlando Bosch Avila, al servicio de la CIA, entre otros crímenes, hizo explotar en el aire el vuelo 455 de Cubana de Aviación el 6 de octubre de 1976, asesinando 73 inocentes. O coordinar el ataque con bombas a varios hoteles de La Habana en 1997. El propio terrorista, entrevistado por el New York Times en julio de 1998, admitió que recibió 200 mil dólares del extinto presidente de la Fundación Nacional Cubano Americana (la más tradicional de las organizaciones de la ultraderecha cubano-americana), Jorge Mas Canosa, como pago por esta operación. Posada Carriles, contra quien pesa una solicitud formal de extradición venezolana desde el 3 de mayo de 2005, goza de una confortable vida en los EEUU.
En cambio, los ciudadanos cubanos Gerardo Hernández, Ramón Labañino, Antonio Guerrero, Fernando González y René González («Los Cinco»), permanecen cautivos en EEUU, acusados de múltiples cargos de espionaje, con solicitudes de condena que van desde una veintena de años de prisión a la cadena perpetua. Su delito: haberse infiltrado en las organizaciones de la ultraderecha cubana en Miami (no en organismos estatales americanos) a los efectos de descubrir y prevenir nuevos atentados contra ciudadanos cubanos. ¿Qué otra cosa habría de hacer Cuba? ¿Sentarse en el malecón habanero a esperar nuevas explosiones? Bajo el más elemental sentido común, las acciones de «Los Cinco» no son otra cosa que el más legítimo derecho a la autodefensa frente a un declarado y probado enemigo. Probado por una reiterada y constante agresión que no tiene como objetivo el gobierno de Cuba, sino el pueblo de Cuba. Porque cuando se bloquea a un país, impidiendo la compra normal de productos agroquímicos, electrónicos, fibra óptica, insumos industriales, etc, no se ataca al gobierno de Cuba, se ataca al pueblo de Cuba. Si esa es la manera en que los EEUU pretenden «liberar» a Cuba, no tengo duda que la gran mayoría del pueblo cubano dirá: «Muchas gracias, no nos liberen». El propio Obama, en la V Cumbre de las Américas, en Puerto España, reconoció la ineficacia del bloqueo. Y la conveniencia de sustituirlo por una actitud dialoguista. Es que el bloqueo ha sido condenado en 18 oportunidades por la ONU por lesivo a la economía cubana, lo condenaron Juan Pablo II y los principales líderes religiosos por injusto e inmoral. Es imposible estimar la amplitud de los efectos subjetivos del bloqueo, pero una estimación grosera de sus efectos objetivos, resulta abrumadora: desde 1962 al presente, el bloqueo habría privado al pueblo de Cuba, ya sea por concepto de comercio con EEUU o con terceros países inhibidos por EEUU, de la friolera de unos 88 mil millones de dólares.
Los EEUU jamás bloquearon los gobiernos dictatoriales del como Sur, jamás atentaron contra el gobierno de Pinochet. Pero descargan toda su furia imperial contra la pequeña isla de 11 millones de habitantes que desde hace 50 años no le pide permiso para opinar. Promotores y protectores de Posada Carrilles, de un bloqueo irracional y cruel, osan calificar a Cuba de terrorista, arguyendo que habría asilado recientemente a enemigos de los EEUU. Aunque tal asilo reste por probar, si tal fuera la lógica a emplear, habría que simplificar enormemente la lista de países terroristas y concluir que hay un único gran país terrorista en el mundo, que alberga enemigos de quien se le antoja, y si quiere los arma y envía donde sea y condena a severas privaciones a quien le viene en gana: los EEUU.
Nunca faltará quien lea en estas palabras una adhesión irreflexiva e incondicional al gobierno cubano. Nada de eso, ni en esta nota ni en el pueblo cubano. Con muchos compañeros revolucionarios cubanos hemos conversado hasta el hartazgo sobre infinidad de temas en los que las discrepancias son varias. De hecho no hay revolución sin crítica, sin discusión fermental, sin libertad para repensar el camino trillado; la propia etimología de la palabra revolución convoca a un proceso constante de revisión y transformación. Pero sobre la disyuntiva de quién es el terrorista y quién es la víctima, no hay lugar a términos medios en el estrecho de 90 millas que separa a Cuba de los EEUU.
No cometo la grosería de identificar a Barack Obama con George W. Bush. Pero Barack Obama ya no es solo el presidente de los EEUU, es Premio Nobel de la Paz. Para que dicho premio siga teniendo algún sentido, el gobierno de los EEUU debería tener ciertos actos de elemental justicia y dignidad, de variada entidad:
1) Suspender el bloqueo al pueblo cubano.
2) Eliminar el nombre de Cuba de la lista de países terroristas.
3) Liberar inmediatamente a Los Cinco.
4) Deportar a Posada Carriles a Venezuela por el delito de terrorismo.
5) Suspender su estímulo, apoyo o condescendencia ante las actitudes hostiles de la ultraderecha cubana hacia el pueblo de Cuba.
6) Reconocer con justicia las numerosas acciones humanitarias de Cuba en la región.
Si así ocurriera, el Premio Nobel que alguna vez blandieran manos referentes como las de Adolfo Pérez Esquivel o el Dalaï Lama, guardaría en sí el núcleo de la esperanza de un mundo más justo y fraterno. Pero si no actuara de tal forma, Barack Obama aún tendría un gesto para honrar la dignidad y significación del Premio Nobel de la Paz: devolverlo.
|*| Analista y matemático
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