AY(DE)TI
Desearía poder continuar hoy con la sucesión de artículos sobre las cuestiones de austeridad, honestidad e impersonalismo presentes de manera tácita o explícita en la actual coyuntura uruguaya, que intento poner en discusión desde algunos domingos atrás.
Desearía con ello poder escribir sobre construcciones y conquistas políticas o sociales. No necesariamente lineales, ni simples, ni predecibles. Tal vez sólo potenciales. Pero escribir sobre lo infrecuente, sobre la inflexión y la ruptura en la historia, en su complejidad e incerteza, estimula secreciones literarias de sereno (o tal vez ingenuo) optimismo y discreto regocijo. Algo que, luego de casi tres décadas de prosa casi exclusivamente denunciatoria y pesimismo crítico, tienen el efecto subjetivo del encantamiento. Aun el de las pequeñas cosas, el del incipiente arraigo de los retoños felizmente irrigados por la tinta y el sudor militante.
Pero no será posible hoy. Ni aún la cabezada de tiro con sus anteojeras localistas me permite distraer la visión de algunos graves retrocesos históricos regionales y de una tragedia subrepticia e inesperada, en el seno de otra tragedia dilatadamente instalada en la historia, documentada y renegada. Como si no bastara con la capacidad criminal del orden social dominante, del capitalismo y sus versiones más salvajes, invasoras y atenazantes en ciertas naciones, las placas tectónicas sientan a la mesa de ruleta (rusa) a los atormentados sobrevivientes políticos y sociales del drama cotidiano de la «normalidad». El revoltijo de carne putrefacta y escombros en la capital de la primera nación libre de América Latina y la segunda del continente, es sólo una anticipada metáfora de su proyectado futuro continuista, derruido, mancillado y cadavérico. Donde faltaban túnicas y delantales, llegaron cascos. Donde se requería el blanco pintó el azul. Donde faltaba agua, llevaron balas y a falta de albañiles, atracaron los marines. Sólo el detonador fue geológico. Todas las cargas explosivas estaban instaladas. Todas las estadísticas, desde la expectativa de vida hasta la disponibilidad de saneamiento o el ingreso per cápita, denunciaban todas las formas posibles de la tragedia, ahora precipitada catastróficamente.
Aquella temática deseada referida al comienzo y hoy abandonada, no se vería alterada por las elecciones que se están celebrando en Chile, por ejemplo. No creo tener mucho más que agregar a lo expuesto a propósito de la primera vuelta. Es un caso perdido para la izquierda, por cuestiones de principio (donde hay un tan legítimo como repugnante ganador en primera vuelta), aún si por un último aliento centrifugado en el espanto, Frei consiguiera la fuerza necesaria para derrotar por un hocico al pinochetismo realmente existente encarnado en Piñera. No denota construcción alguna sino lenta agonía. Cualquier cosa, sin embargo, sería preferible al horror redivivo en uniforme ahora civil. Pero eso no puede ocultar que la Concertación sólo produjo desinterés cívico, despolitización e indiferencia social, al punto que la única palanca de tracción antiterrorista actual es el carisma personal de la presidenta Bachelet. Algo verdaderamente incompatible como proyecto y resultado con una edificación política contrahegemónica colectiva, que toda experiencia progresista deberá tener muy en cuenta para eludir a futuro. Un proyecto para Chile debería refundarse cualquiera sea el resultado de hoy.
Tampoco hay levadura política en la ofensiva de la presidenta argentina contra el autonomismo monetarista que hoy alinea al arco reaccionario que se constituyó desde hace casi dos años en torno a los grandes propietarios de la tierra y los dueños del comercio exterior. Merece apoyo en su propósito, aunque también reafirma que no es un caso de construcción alternativa sino de muerte anunciada, de retroceso ante el indisimulable resurgimiento neoliberal. Tras la demanda de autonomía del Banco Central se erige la vieja artimaña ideológica de la supuesta objetividad económica, que se parece demasiado a las esposas policiales con las que se arresta a la política y a la autonomía ciudadana. Nada sorprendente para la tradición menemista de Martín Redrado, otrora designado y hoy expulsado presidente del Banco Central. Como no debiera sorprender que también casi todo el gabinete kirchnerista provenga de esas filas ideológicas experimentadas, de las de Duhalde (al igual que el propio matrimonio presidencial en similar secuencia) y del efímero partido de Cavallo, quienes posiblemente vayan retornando a sus cunas. No hay nada esperanzador hacia el poniente del Río de la Plata ni tampoco allende la cordillera.
Quizás como ariete planificado de la contraofensiva derechista global, o tal vez aprovechando las posibilidades distractivas de la atención que la catástrofe haitiana producía, en Honduras se han profundizado aceleradamente las condiciones políticas de consolidación del continuismo golpista, con la farsa electoral que entroniza a Porfirio Lobo. Mucho más desapercibida ha pasado la noticia de que el propio Congreso Nacional destituyente «aprobó un decreto mediante el cual declaró «diputado vitalicio» al presidente hondureño, a quien también condecoró con el Grado de Gran Cruz Extraordinaria Placa de Oro por sus valiosos servicios a la patria y por la forma en que condujo el país durante los últimos seis meses» (www.elheraldo.hn). No es el único reconocimiento para Micheletti, ya que «el bulevar de acceso a la Universidad Nacional Autónoma de Honduras en el Valle de Sula, UnahVs será inaugurado por las autoridades municipales con el nombre de Roberto Micheletti» (www.laprensa.hn). Las condecoraciones vienen a encubrir el continuismo golpista en al menos cuatro dimensiones. La primera es la propia violación constitucional, ya que no está prevista la posibilidad de representación vitalicia alguna en la carta magna. La segunda es la de la mismísima impunidad, como lo fue en su momento la autodesignación como senador vitalicio de Pinochet, a través de la inmunidad parlamentaria para toda clase de imputación delictiva. La tercera es la del privilegio en materia de seguridad, ya que, mediante otro decreto, el Congreso también dispuso «proveer de seguridad vitalicia a unos 50 funcionarios del actual régimen que participaron en los sucesos del 28 de junio (…) al presidente interino, al presidente de la Corte Suprema, al fiscal general del Estado, al fiscal general adjunto, a los seis miembros de la Junta de Comandantes de las Fuerzas Armadas y a los 17 ministros y 17 viceministros del gobierno interino de Micheletti. Sólo de funcionarios oficiales esta seguridad es para 45 personas entre ministros, viceministros, fiscales y presidentes de poderes del Estado, más los familiares de Micheletti». Un último aspecto hilarante: La diputada de Unificación Democrática Silvia Ayala manifestó que lo más oprobioso «es que la seguridad tiene que darla las Fuerzas Armadas y la Policía, pero si en un momento los beneficiados no quieren agentes del Estado pueden contratar guardas privados y el pueblo tiene que pagarlos» (www.tiempo.hn). La última es la del propio salario vitalicio (en un país con precariedad previsional) negado en declaraciones por los congresistas votantes, pero convalidado en la práctica en antecedentes previos de ex diputados como Efraín Bú Girón y Orlando Gómez Cisnero, a quienes se les otorgó un salario vitalicio apareciendo en las planillas como asesores. El golpista Micheletti construye con la ayuda de la estructura política corrupta hondureña su propio bunker institucional, creyendo posiblemente que un terremoto es su única amenaza.
Haití recuerda hasta el espanto que no son los cataclismos la mayor amenaza de destrucción social, sino las condiciones sociales mismas sobre las que la naturaleza luego se ensaña. Una parábola infausta, elocuentemente sintetizada en su derrotero histórico, fue expuesta por Oscar Lebel ayer en este espacio. Porque como bien sostiene Aníbal Quijano, Haití fue un caso excepci
onal de síntesis en un mismo movimiento histórico de una revolución nacional, social y racial. Una simultaneidad sinérgica precursora que pagó el (des)precio de una libertad, igualdad y fraternidad ficta y aún inconclusa, hasta el acceso a la más elemental molécula de agua.
|*| Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano. [email protected]
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