Mágica, eso
Como un cuento de borrachos inacabable, que se reproduce sin sentido pero creciendo en su impudicia, el sistema carcelario uruguayo es no sólo una vergüenza nacional sino algo irracional.
Dado que el espacio del cual dispongo es corto sólo me preguntaré una cosa: ¿de qué forma entra a las cárceles todo lo que entra?
Está claro que no hablo de ropas, alimentos, golosinas, bebidas refrescantes, zapatos deportivos, gorritos de lana, cartas de familiares con letra temblorosa al estilo de los japoneses de Iwo Jima, en la película de Clint Eastwood ni cuadernos «Tabaré» para que cada preso escriba sus memorias, con la secreta esperanza, plausible porque la literatura uruguaya desfallece, de que alguien las edite.
No. Hablo de celulares, drogas y, sobre todo, armas.
Es curioso. Hace décadas que se discursea al santo botón acerca de la corrupción del sistema carcelario. La relación entre el tiempo transcurrido y las comprobaciones hechas con consiguientes procesamientos se eleva ante uno, apenas mira las estadísticas, con el porte de un monumento gótico a la desilusión.
Pero, sin embargo, esa corrupción existe y, en todo caso, ha sido pésimamente encarada por el sistema político.
Veamos. Hay un protocolo específico y severísimo para revisar el correo y encomiendas recibidas y a los visitantes se les hurga a conciencia, estirándoles los esfínteres y el conducto membranoso que va desde la vulva hasta la matriz. Entonces, ¿las armas, las drogas y los celulares los introducen palomas mensajeras entrenadas por unas hábiles organizaciones delictivas?
Ni siquiera rocemos la estupidez, ahí tan cercana.
Ahora que tanto se declama sobre la reforma del Estado, observen, señores, qué rico costillar para meterle diente.
Ya no se tolera que la única explicación al absurdo se asemeje a la respuesta que el gaucho Rodríguez, del cuento de Paco Espínola, da al diablo que se afana en exhibirle pruebas extraordinarias:
-¿Eso? Mágica, eso.
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