La confesión
Algunas contorsiones políticas son tan interesantes que uno siente la necesidad de que sean diseccionadas antropológicamente.
No se advierte otra forma piadosa de entenderlas.
Sin sufrir mayores apremios que los propinados por la realidad desde hace veinte años, los dos probables precandidatos a la Intendencia de Montevideo, Carlos Varela y Daniel Martínez, han hecho una confesión: no quieren más carritos de hurgadores recorriendo la ciudad, haciendo su desquicio diario en los contenedores y aumentando, en solapada colaboración con muchos ciudadanos, la mugre que nos ahoga.
Hasta ayer la idea dominante era censar, matricular, iluminar y organizar a esos carritos, sucios espectros tambaleantes y omnipresentes, de modo que sus responsables desarrollasen su tarea comunitaria con la mayor dignidad posible. De pronto, Varela y Martínez descendieron de la confortable nube de ingenuidad en la que la mayoría del Frente Amplio ha estado sentada mirando esta realidad y errando el tiro como billarista borracho.
Bien por ellos. Les ha permitido lanzar unas cuantas propuestas: que los hurgadores mantengan su trabajo pero sin clasificar eufemismo aún en uso con un mal disimulado cansancio en los contenedores sino en sitios precisos y apropiados; que se organicen en cooperativas; que se eduque a la población para colaborar; y hasta que los contenedores sean sellados y su contenido recogido con más frecuencia que ahora.
Sin embargo, cual liguero de olor ácido bajo el perfumado deshabillé de la damita que se nos aparece, hay algo que incomoda. Esas propuestas ya fueron expuestas a lo largo de las dos últimas décadas. El resultado, siempre el mismo: verbo que levanta el ánimo y, a los pocos meses, fiasco que lo aplasta.
Es una cuestión tan delicada como la patente de rodados, la contribución inmobiliaria, el alumbrado público o el transporte. Se debe pensar con tino antes de hablar y, mucho más, ¡por favor!, antes de hacer.
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