Jugada rara
El ajedrez es un juego en el que se piensa, antes de cambiar de lugar una pieza, en más de un movimiento; las estrategias exigen inteligencia y no conviene el apuro.
Para mí, que tengo dificultades hasta con el viejo y querido ludo, la política es igual; por eso me desconcierta.
Mientras escribo esta columna, José Mujica está en Buenos Aires reuniéndose con grupos de uruguayos y eventuales inversores argentinos y con el propósito de hablar con la presidenta Fernández. Sugirió que es la continuidad de un trato amistoso que debería conducir a resolver cuestiones serias: el apoyo a la interconexión energética con el Sur de Brasil, revisar el vetusto Tratado del Río de la Plata y darle jaque mate al bloqueo del puente que une Gualeguaychú con Fray Bentos.
Aun admitiendo la relevancia de tales asuntos para Uruguay, si yo usara una metáfora ajedrecística diría que es una jugada rara, compleja, planteada con un extraño sentido de la oportunidad.
Es que justo ahora Cristina está sentada encima de un polvorín. Es la crisis más grave desde que asumió, al punto que ha aparecido frente a las cámaras, ¡horror!, con el maquillaje corrido y un peinado de poca prolijidad. Aunque se dé por cierto que tiene buena cintura política, no parece ser el momento propicio para que ofrezca algo más que cordialidad diplomática a otras cosas.
Mujica, antes de viajar, se curó en salud: se debe trabajar a favor de la buena vecindad «porque los gobiernos pasan y los pueblos quedan» y «se debe promover relaciones inteligentes de no intromisión».
¿Quién cree que si don Pepe y la mujer de Kirchner toman el té no hablarán una palabra de la situación que vive Argentina?
¿Quién duda de que con este movimiento nuestro presidente electo toma un riesgo innecesario?
¿Quién niega que, a la búsqueda de los objetivos enunciados, hubiese sido mejor para Mujica promover la cita con aguas más calmas alrededor de su amiga?
Por eso digo. Qué jugada rara, compleja.
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